Un hombre feliz
Abstract
En la primavera de 1954, mis amigos de la universidad de Upsala me pidieron que les designara un lector francés. Proce~ dimiento poco ortodoxo que ignoraba nuestras relaciones culturales. Pero desde que yo había ocupado el puesto, de 1933 a 1935, estrechos lazos me ataban a Upsa~ la, a donde yo iba todos los años a trabajar uno o dos meses en la admirable biblioteca que es la Carolina Rediviva. Y estaba muy encartado con mi misión cuando Raoul Curiel, que regresaba de Afganistán, me dijo que él tenía mi hombre. Acababa de conocer a un joven normalista, agregado en filosofía, aún incierto de su carrera, y a quien no dudaba en calificar como "el ser más inteligente que había conocido".
