El estudio de las masculinidades permite articular al género con la estructura social y entender con profundidad las relaciones de poder; y también al Estado y la forma en que se organiza la sociedad (Guasch, 2006,p. 16 ). En este sentido, Octavio Paz encontró una relación importante entre el simbolismo del hombre con la estructura de poder y el Estado nacional mexicano, asemejando al “macho” con la figura del conquistador español, como un modelo “que rige las representaciones que los mexicanos han hecho de los poderosos: caciques, señores feudales, hacendados, políticos, generales, capitanes de la industria. Todos ellos son ‘machos’, ‘chingones’” (Paz, 1982,p. 74). Samuel Ramos (2001) planteó que “aun cuando el ‘pelado’ mexicano sea completamente desgraciado, se consuela con gritar a todo el mundo que tiene ‘muchos huevos’”. Luego agrega que en la expresión popular “yo soy tu padre” tiene la intención de afirmar el predominio, y concluye que en “nuestras sociedades patriarcales el padre es para todo hombre el símbolo de poder”. También afirma que el “macho” se jacta de su valentía, pero que esta solo es una “cortina de humo”, pues se trata de un “camouflage” para despistar su debilidad (p. 55). Las anteriores aproximaciones al problema de la masculinidad y de la identidad nacional permiten situar aquello que Johan Scott (2012) plantea: “el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos, y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder” (p. 289). Con base en lo anterior, me parece importante problematizar cómo es que la masculinidad hegemónica que legitimó al poder del Estado presidencialista, corporativo, caciquil y autoritario ha sido cuestionada por grupos de izquierda opositores al régimen priista.
Para estudiar a estos grupos subalternos no me sirven los conceptos acuñados por Samuel Ramos y Octavio Paz sobre el machismo y el macho mexicano, pues dichas nociones han contribuido a reforzar o forjar unos estereotipos sobre masculinidades mexicanas que ignoran las diferencias y la diversidad inherente al género (Machillot, 2013, p. 22 ). R. W. Connell (2003) propone que “cuando hablamos de masculinidad estamos ‘construyendo al género’ de una forma cultural específica” (p. 104). Lo anterior implica alejarse de las posturas esencialistas biológicas, transhistóricas y transculturales. Por ello, la masculinidad, más que un producto social, es un proceso, un conjunto de prácticas que se inscriben en un sistema sexo-género culturalmente específico para la regulación de las relaciones de poder, de los roles sociales y de los cuerpos de los individuos (Connell y Messerschimdt, citados en Schongut, 2012, p. 41 ).
En este sentido, Ramón A. Gutiérrez (2012, p. 399) concluye que históricamente en México han existido discursos de género sobre cuál debería ser la relación adecuada entre lo masculino y lo femenino, que sirvieron para legitimar la desigual distribución del poder. Un aspecto que me interesa estudiar tiene que ver con el vínculo del género, el poder y la construcción de las masculinidades. Resulta interesante cómo aún entre grupos subalternos que en el pasado llegaron a cimbrar al poder del Estado, como es el caso de Emiliano Zapata o Francisco Villa, quienes durante la Revolución mexicana asimilaron la construcción masculina hegemónica “luciendo grandes armas, y en el caso de Villa rodeado de muchas esposas y aún más hijos”, existió, por parte de estos héroes revolucionarios, una ideología masculinizada, pues parecía que compensaban su estatus étnico y clase social inferior con una hombría exagerada (Macías-González y Rubenstein, 2012, p. 29 ).
En esta investigación retomaré la categoría de masculinidad hegemónica; sin embargo, el aporte de R. W. Connell (2003) es importante articular- lo con el enfoque de Celia Amorós, que permite comprender que dicha hegemonía se instala mediante pactos patriarcales, 1 y lo desarrolla con relación al imaginario del contrato social-sexual, en el que opera un modelo de pacto entre varones, de masculinidad como juramento, de heterodesignación, por lo cual:
Desde ese punto de vista podría considerarse al patriarcado una especie de pacto interclasista, metaestable, por el cual se constituye patrimonio del genérico de los varones, en cuanto se autoinstituyen como sujetos del contrato social ante las mujeres -que son en principio las “pactadas”- (Amorós, 2001, p. 27 ). 2
La hegemonía es una categoría desarrollada por Antonio Gramsci, relativa a las disputas que hay por la definición de proyectos históricos antagónicos. Lo anterior implica que diversos grupos pueden cambiar las viejas estructuras intelectuales, morales y políticas para construir una nueva hegemonía. Aquí es donde planteo otro concepto importante, el de contrahegemonía, que conlleva una articulación histórica y dinámica. En términos de masculinidad, la contrahegemonía se da cuando se rompe con la correspondencia entre los ideales culturales e identidades de género con el poder institucional del Estado.
Con la finalidad de dar cuenta de cómo las masculinidades forman parte importante en la conformación del contrapoder y de los procesos de insurrección o rebelión, estudiaré a la guerrilla del Frente Urbano Zapatista (FUZ) en clave de género, lo que me permitirá revelar una historia oculta que habla de los trasfondos afectivos y personales, y de cómo el poder al interior de la guerrilla estuvo fuertemente vinculado con las formas en que se relacionaban hombres y mujeres. En este punto revisaré las influencias ideológicas y políticas que sirvieron de modelo al FUZ y a muchos grupos armados de México y de América Latina, que tomaron como referencia el concepto del “hombre nuevo” acuñado por Ernesto Guevara, quien propuso una igualdad genérica con un término supuestamente neutro, que habla del hombre como humanidad en general. ¿En qué medida “el hombre nuevo” guevarista reprodujo en el FUZ una ideología sexista 3 que legitimó la exclusión de las mujeres en las acciones militares de la guerrilla? ¿Las mujeres del FUZ tuvieron que revelarse de los mandatos de género del guevarismo y de la ideología de izquierda imperante en aquel momento para poder empoderarse y ser reconocidas en el espacio de la guerra, un territorio tradicionalmente masculino?
Con base en lo anterior, la clave para conceptualizar la masculinidad hegemónica es su articulación con el poder del Estado. Así, las concepciones dominantes sobre el “ser hombre” son interiorizadas de manera individual y colectiva. La masculinidad contrahegemónica será estudiada como la de los hombres subalternos, que en este caso son los guerrilleros del FUZ, un grupo armado que rompe con las identidades genéricas tradicionales, que hace transgresiones de género y les da un sentido político que tiende a cuestionar la hegemonía del Estado mexicano, centralista, burgués, presidencialista y patriarcalista. En este sentido, problematizaré cómo los integrantes del FUZ, además de la búsqueda por romper con las formas de dominación existentes, proponen relaciones entre los géneros más igualitarias.
Con base en la anterior conceptualización estudiaré a los guerrilleros, situándolos dentro de las masculinidades subalternas que, siguiendo el ejemplo revolucionario de figuras icónicas como Ernesto Guevara o de los Tupamaros uruguayos, se propusieron hacer un enérgico cambio y se cuestionaron profundamente las prácticas patriarcalistas, asociándolas con la ideología burguesa para construir una masculinidad contrahegemónica. Aquí será interesante explorar hasta qué punto dicha masculinidad reprodujo algunas prácticas políticas de la masculinidad hegemónica, así como también hacer un balance de cuál fue el proceso que permitió al interior de la organización armada combatir la discriminación de género y cómo las mujeres lograron situarse como agentes políticas y militares.
En la historiografía sobre el Movimiento Armado Socialista Mexicano (MASM) no existen trabajos que, de manera específica, estudien el problema de las masculinidades guerrilleras, aunque sí hay importantes aportes, en cuanto a los estudios de género o la historia de las mujeres, que en cierta medida permiten visualizar el problema del sexismo o el patriarcado al interior de las guerrillas. 4 Por lo antes dicho, el presente trabajo es un primer acercamiento al problema de los hombres y sus masculinidades en la guerrilla, así como también aporta a la historia de la guerrilla del FUZ, que a pesar de ser retratada en varias crónicas no ha sido suficientemente estudiada. 5 Cabe aclarar que no voy a revisar toda la historia del FUZ, sino que me interesa centrarme en sus orígenes, en su génesis, así como en la primera de dos acciones de expropiación que realizaron, pues en esa etapa de su desarrollo se puede comprender mejor cómo se dieron fuertes tensiones de género y qué proceso surgió de todo ello para que finalmente las mujeres en la guerrilla pudieran participar en un plano de mayor igualdad con respecto a los hombres. Cabe aclarar que me centraré en el proceso de gestación y en la primera y única división que hubo en el núcleo armado.
LA EXCLUSIÓN MILITAR DE LAS MUJERES EN LOS INICIOS DEL FUZ
El FUZ fue un pequeño grupo armado, un comando guerrillero urbano mexicano que tiene sus orígenes en los años sesenta del siglo XX. En este apartado daremos una breve mirada a las historias de algunos integrantes de este grupo: Francisco Uranga, Margarita Muñoz, Francisca Calvo, Lourdes Quiñones, Rigoberto Lorence, Lourdes Uranga, María Elena Dávalos, Carlos Lorence y Roberto Tello, quienes estuvieron articulados por relaciones de parentesco, cuestión que hará plausible cómo el género tuvo un papel importante en los procesos de alianza, organización y funcionamiento de lo que sería el núcleo armado del FUZ. 6
Este grupo es complejo, pues no tiene un origen único, sino que es producto de múltiples factores macrosociales enmarcados en el contexto de agitación política de la Revolución cubana y de la invasión norteamericana a la bahía de Cochinos, así como el ejemplo del Frente de Liberación Nacional y la guerra de Argelia. Procuraré tejer las biografías de quienes se integraron el FUZ con un ambiente de efervescencia social en el que muchos jóvenes de los años sesenta estaban influenciados por las ideologías cubana y china, así como se sintieron admirados y sorprendidos por la combatividad de los vietnamitas y de otros movimientos guerrilleros de América Latina. 7 A lo anterior habría que agregar que, en México, durante los años sesenta del siglo XX, se vivía un ambiente opresivo en el que no había posibilidad de disentir políticamente del gobierno, pues el Estado mexicano estaba corporativizado y monopolizaba la gran mayoría de puestos de elección popular mediante el partido único de Estado: el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Todos aquellos que se salían de la línea política del PRI eran considerados enemigos del régimen y fueron reprimidos. En ese contexto, muchos jóvenes rebeldes de los años sesenta protestaron y se sintieron inconformes con el autoritarismo, así como con el encarcelamiento de los líderes del movimiento ferrocarrilero y de maestros (el Movimiento Revolucionario del Magisterio) que acontecieron entre 1958 y 1959. Finalmente, la izquierda en México se vio sacudida por el sanguinario asesinato del emblemático líder zapatista y agrarista Rubén Jaramillo, que hacia 1962 ya había transitado por tres rebeliones armadas y fue masacrado por militares junto con su familia, incluyendo a su esposa que estaba embarazada (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020; Francisca Calvo, citada en Leñero, 1977, p. 12 y Francisco Uranga, 1972).
Quienes militaron en el FUZ también provienen del llamado movimiento espartaquista, que fue una escisión del Partido Comunista Mexicano (PCM); uno de sus fundadores fue José Revueltas, quien después de criticar que el proletariado “estaba sin cabeza”, sin una verdadera vanguardia que lo orientara hacia la revolución, decidió fundar la Liga Leninista Espartaco (LLE). Luego siguieron una serie de escisiones y purgas que derivaron en la expulsión del propio Revueltas. De esta manera, surgieron varias ramificaciones como el Partido Comunista Bolchevique, la Liga Comunista Espartaco (LCE), la Asociación Revolucionaria Espartaco (ARE) y la Seccional “Ho Chi Minh” (Moreno, 2020, pp. 1112-1133 ; Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020; Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020 y Lourdes Uranga y Francisco Uranga López, 1972). La gran mayoría de quienes fundaron el FUZ son herederos del espartaquismo y también son, en buena medida, los precursores de la guerrilla urbana en México. Se trata de jóvenes que desde 1967 estaban con- vencidos de que la vía para cambiar la impunidad e injusticia que imperaba en México y América Latina solo podría resolverse mediante una revolución socialista y armada (Ibarra, 2006, p. 40 ).
Remitirse a los orígenes del FUZ nos lleva a un proceso en el que muchos jóvenes creían que la Revolución cubana había llegado a América Latina “como una marea”, y que solo era cuestión de tiempo para que su ejemplo se propagara por todo el continente. El Ché Guevara había ido al Congo y después a Bolivia, y los Tupamaros en Uruguay habían demostrado con hechos que era posible mantener una organización clandestina y bien organizada en las grandes urbes. Por todo esto, América Latina inició procesos insurreccionales y guerrilleros (Marchesi, 2019, p. 5 ).
El origen del FUZ nos lleva a dos personajes que se podría decir que fueron sus precursores: Miguel Duarte y Ciro Castillo. El primero provenía de la Juventud Comunista de Sinaloa, mientras que Ciro Castillo era estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y había pertenecido a la Liga Comunista Espartaco. A mediados de 1969, ellos y otros jóvenes estudiantes del norte del país y de la UNAM conformaron un grupo denominado Fuerzas Armadas de la Nueva Revolución (FANR). Dicha organización clandestina estuvo integrada por aproximadamente diez jóvenes, casi todos hombres que provenían de Nuevo León, Tamaulipas, Sinaloa, Coahuila, Oaxaca, Durango, Veracruz y la Ciudad de México. Todos los que constituirían el FUZ estuvieron vinculados, inicialmente, con los líderes de esta organización que fue tempranamente desarticulada después de que el gobierno aprehendió y encarceló a su principal líder, Miguel Duarte (Declaraciones de Ciro Castillo Muñiz y Jorge Domínguez de Anda, 2 de febrero de 1972).
Margarita Muñoz y Francisco Uranga eran una pareja recién casada que había pasado por un proceso de politización en el contexto de la Revolución cubana y de la invasión a la bahía de Cochinos en Cuba. Desde 1962, Francisco Uranga viajó de la Ciudad de México al puerto de Veracruz y se metió en un barco cubano como polizón, con la idea de ofrecerse como combatiente voluntario para defender el régimen castrista, sin embargo, fue descubierto por la tripulación cubana y remitido a las autoridades mexicanas. Desde entonces, el ejemplo de Ernesto Guevara fue una influencia fundamental para ellos. Más tarde, en el contexto del asesinato de Guevara en Bolivia (octubre de 1967), el joven matrimonio propuso a su célula espartaquista protestar con la detonación de una bomba en la embajada de Bolivia en México, pero sus compañeros se negaron calificándolos de “acelerados” y “troskos”. Muñoz y Uranga pensaron que “ese grupo nunca realizaría actos o acciones de tipo revolucionario” y criticaron que los espartaquistas “se limitaban a aprenderse de memoria no solo conceptos, ideas, sino aún los propios textos” y que “no se preocupaban por tratar de hacer algo concreto”, por lo que dejaron de asistir a las reuniones y se salieron de la organización (Francisco Uranga, 1972 y Muñoz, 1972).
Paquita Calvo, quien también sería integrante del FUZ, se incorporó a una célula de la LLE y estuvo en los círculos de formación con José Revueltas, pero el asesinato de Rubén Jaramillo, el contexto represivo a los ferrocarrileros, así como el propio ejemplo de la Revolución cubana le hacían simpatizar cada vez más con la guerrilla, por lo cual empezó a tener diferencias con su esposo, Julio Pliego, quien no estaba de acuerdo con la vía armada (Francisca Calvo, citada en Leñero, 2019, p. 94; Calvo, 1972, p. 2 y Leñero, 1977).
Finalmente, Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñones militaron en la ARE y en 1963 estuvieron comisionados en el estado de Chihuahua para iniciar nuevas células de la organización, así como apoyar una candidatura independiente a la gubernatura de Chihuahua. Se salieron de dicha organización alrededor de 1965 o 1966 cuando hubo una serie de purgas, divisiones y pleitos por su dirección (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020; Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020 y Carlos Salcedo, entrevista personal, 2020).
Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñones se integraron con Miguel Duarte y Ciro Castillo e inicialmente formaron parte de las FANR. 8 Se pensó hacer una acción de expropiación a un banco en Sinaloa (México) el 26 de julio de 1969 para conmemorar el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, sin embargo, esta se llevó a cabo en agosto. Es interesante que quienes participaron fueron cinco varones, y, a pesar de que había una mujer en el grupo (Lourdes Quiñones) se le excluyó, quizás porque al saberla embarazada pensaron que no estaba en condiciones físicas, pues erróneamente habían planeado una acción basada en resistencia: después del asalto en el que obtuvieron entre seis o siete mil pesos, se metieron a pie a la sierra y divagaron por dos semanas, sin agua, casi sin comida y sin vestimenta adecuada para soportar las torrenciales lluvias o el intenso sol del mediodía. Lorence asegura que a raíz de ello bajó cerca de quince o veinte kilos y se le formaron “llaguitas en el colon”. La acción fue un rotundo fracaso; además, en el momento del asalto se le fue un tiro a un guerrillero, hubo un corredero de gente, la bóveda estaba vacía y el dinero obtenido ni siquiera compensó los gastos de los pasajes del camión. El grupo había estudiado en teoría cómo se debía hacer una acción guerrillera, pero se darían cuenta de que no es fácil llevar a la práctica lo que dicen los libros. 9
En 1969, de manera paralela, Francisco Uranga y Margarita Muñoz conocieron en la UNAM a Miguel Duarte. Inicialmente estuvieron de acuerdo en conformar una guerrilla y por ello planearon juntos la expropiación al supermercado SUMESA; según sus declaraciones ministeriales, de allí obtuvieron aproximadamente nueve mil pesos. Ya con algunos fondos económicos empezaron a plantearse la fusión del nuevo grupo armado; Duarte era maestro en Sonora y estaba más preocupado por la lucha regional y agrarista, por lo que planteó hacer una guerrilla rural, por eso no se pusieron de acuerdo pues Uranga quería un foco urbano más parecido al de los Tupamaros de Uruguay, de todas maneras siguieron en contacto con la idea de coordinar sus esfuerzos posteriormente (Declaración de Ciro Castillo Muñiz, 1972; declaración de Francisco Uranga en Declaración preparatoria de miembros del Frente Urbano Zapatistas, 1972, p. 10; Francisco Uranga, 1972, pp. 7-8 y Muñoz, 1972, p. 6).
Según la versión de Francisco Uranga, Miguel Duarte estaba enojado con Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñones porque el día del asalto al banco habían cometido muchos errores y pensaba expulsarlos. Uranga consideró que “tenían derecho a una nueva oportunidad”, por lo que los invitó a que ingresaran a su grupo urbano que, según él, “ya tenía organizado”, pero todavía sin nombre. Francisca Calvo, por medio de Duarte y Ciro Castillo, conoció a Francisco Uranga y acordó con él formar un organismo armado “de vanguardia a nivel nacional” que englobara tanto la guerrilla rural como la urbana. De esta manera se pensaba que las FANR y el nuevo grupo urbano formarían parte de una misma coordinación nacional (Calvo, 1972).
La conformación del FUZ nos lleva a una red de activistas urbanos y campesinos que se insurreccionaron entre 1968 y 1969, tal es el caso de Pedro Contreras, uno de los líderes campesinos de Atoyac, Guerrero, que participaron en la fundación de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) pero que se deslindó muy pronto porque el líder principal, Genaro Vázquez, tenía un trato autoritario con algunos campesinos, además de que había cierta urgencia de Contreras por participar en acciones armadas y Vázquez estaba en una fase de autodefensa. Rigoberto Lorence recuerda que dicho guerrillero rural les dio entrenamiento en el manejo de armas en los inicios del grupo, cuando aún no tenía nombre (Declaración de Ciro Castillo Muñiz, 1972 y Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020).
Como ya se dijo, se puede afirmar que Miguel Duarte y Ciro Castillo, fundadores de las FANR, también son precursores de la fundación del FUZ, pues fueron quienes se encargaron de contactar a Francisco Uranga y Margarita Muñoz con Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñonez. Paquita Calvo ya era muy conocida por Rigoberto Lorence, pues estuvieron juntos en la lucha estudiantil. Ambos matrimonios y Calvo se reunieron y decidieron fundar el FUZ que en sus inicios estaba integrado por tres mujeres y dos hombres, cuestión que desentonaba con la tendencia general de la mayoría de otros grupos armados en el país -incluyendo a las FANR-, en donde la presencia masculina era predominante. Dicho aspecto respondió a que en una socie- dad patriarcal como la de México, la participación en las tareas armadas y de guerrilla estaba socialmente asignada a los varones, pues respondía a una división del trabajo por sexos. Por esta razón, existieron grupos de la guerrilla urbana que rechazaron la participación femenina, tal es el caso de un grupo de Monterrey que se contactó con el FUZ para ver si podían fusionarse, pero, en palabras de Margarita Muñoz, “no llegaron a integrarse con ellos porque según el dicho de ‘Ricardo’ [de Monterrey], su grupo no aceptaba la participación de mujeres” (Muñoz, 1972, s. p.).
Francisca Calvo recuerda una nota de la prensa en la que Francisco Uranga dudaba sobre la participación de su esposa y de su hermana en la guerrilla:
Una vez detenida esta organización, la prensa preguntó a Francisco Uranga, uno de sus integrantes: ¿Por qué arrastraron a sus parientes mujeres (esposa y hermana) a su aventura? Él respondió: No pudimos evitarlo. Hubiéramos querido dejarlas al margen, pero ellas no lo permitieron. Su ideología es tan firme como la nuestra y en las acciones las mujeres [del FUZ] fueron las más arrojadas (Calvo, citado en Méndez, 2019, p. 132 ).
Margarita Muñoz no habla de que Uranga tuviera resistencia en que ella participara en la política o en el movimiento armado, pero por lo que se ha estudiado hasta aquí, sí había cierta resistencia antes de la fundación del FUZ para que las mujeres participaran en las acciones armadas, tal es el caso del asalto a la vinatería, al supermercado y al banco del fuerte de Sinaloa, acciones en las que las mujeres fueron excluidas. ¿Cómo es que ellas empezaron a participar en las acciones militares de la guerrilla? Dicha pregunta nos permitirá también plantear el problema de las masculinidades al interior de la guerrilla.
EL “HOMBRE NUEVO” Y LAS MASCULINIDADES CONTRAHEGEMÓNICAS EN EL FUZ
Como ya se explicó anteriormente, la Revolución cubana y el guevarismo, así como el zapatismo y el jaramillismo, fueron importantes influencias ideológicas que alimentaron las esperanzas juveniles de lograr un mundo más justo y libertario. Ernesto Guevara acuñó el concepto del “hombre nuevo”, quien no nace, sino que se hace, es decir, del hombre que habría que educar, que formar para hacer posible una nueva sociedad: el socialismo. Pero no todos los hombres son iguales, sino que existen quienes son la “vanguardia”, “el agente catalizador” que tiene la tarea de crear las condiciones subjetivas para hacer la revolución: los guerrilleros y el Partido. Para Guevara el grupo de vanguardia debía cambiar cualitativamente para “ir al sacrificio en su función de avanzada”, y para ello se requería de una institucionalización, un conjunto de “canales, escalones, represas” que permitieran la “selección natural” de los “destinados a caminar en la vanguardia”, quienes no debían esperar ninguna retribución material; por ello pensaba que la tarea del revolucionario es a la vez “magnífica y angustiosa” (Guevara, 1977, pp. 4 y 14).
El “hombre nuevo” es quien “alcanza su plena condición humana” porque produce sin la “compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía”, y la juventud es la “arcilla maleable” con la que se puede construir, planteando que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Con base en lo anterior, para Guevara el revolucionario “se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte”, en tanto que el fin último es la revolución internacional, ideal que se expresa con la consigna: “patria o muerte” (Guevara, 1977, pp. 20-24). 10
Las mujeres del FUZ estaban plenamente convencidas y conscientes de que ingresar a la guerrilla implicaba sacrificar todos los vínculos que tuviesen con sus familias y abandonar su papel como madres para dedicarse a ser revolucionarias profesionales, de tiempo completo. Por esta razón, estaban dispuestas a morir; sin embargo, la decisión fue muy dura, pues en su tránsito hacia la clandestinidad, renunciar a sus hijos fue lo que más les dolió, y tuvieron que dejarlos encargados con algún familiar, con la zozobra de que quizás no volverían a verlos nunca más.
Como ya se dijo, la guerrilla estaba compuesta por varios matrimonios, y tanto hombres como mujeres tuvieron que asumir -tal como Guevara lo proponía- que las labores de crianza de los hijos no debían ser labores que “distrajeran su mente”, pues “podían corromperse”. La pregunta que surge es: ¿quién debiera cuidar a los infantes cuando marido y mujer (padre y madre) se van a la lucha armada?
La revolución, y todo proceso de cambio social, no solo implica organizar la producción para los fines de la guerra para vencer al enemigo de clase, sino que para que toda rebelión perdure y se sostenga también debe haber un trabajo indispensable de reproducción de la propia especie humana, de crianza y cuidado de los infantes y de quienes no estén en condiciones de hacerlo por sí mismos. El guevarismo, y en general el pensamiento comunista de la época, heredó al FUZ un cierto patriarcalismo, pues planteaba que “el hombre nuevo” debía desligarse de todas sus responsabilidades como cuidadores y de la crianza, y estableció una mirada público-céntrica que propone el escenario político y público como el más importante y olvida o menosprecia el ámbito privado, en el que las familias de los revolucionarios debían lidiar con el sostén y la protección de los infantes. Esta es una visión masculina y patriarcalista del proceso revolucionario, pues mientras los va- rones se dedicaban a la política y a la guerra las mujeres tenían que mantener su rol opresivo tradicional, quienes al ser marginadas de la guerrilla fueron arrojadas al cuidado y la crianza de los hijos como una tarea indeseada, pero fundamental e importantísima para mantener a cualquier insurrección. La cita de Ernesto Guevara (1977) es reveladora en este sentido:
Si un hombre piensa que, para dedicar su vida entera a la revolución no puede distraer su mente por la preocupación de que a un hijo le falte determinado producto, que los zapatos de los niños estén rotos, que su familia carezca de determinado bien necesario, bajo este razonamiento deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción. En nuestro caso, hemos mantenido que nuestros hijos deben tener y carecer de lo que tienen y de lo que carecen los hijos del hombre común, y nuestra familia debe comprenderlo y luchar por ello. La revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario (p. 23).
Si bien las mujeres del FUZ renunciaron a su papel como madres, y esto las situó como transgresoras de los roles de género, el patriarcalismo no fue superado del todo, pues quienes tuvieron que ocuparse de sus hijos y encargarse de su crianza fueron las abuelas, hermanas, parientes, amigas, ¡todas mujeres! ¿Por qué el “hombre nuevo” no debiera situar el cuidado y la crianza como una tarea importante en la revolución? ¿Por qué el cuidado de los hijos era un problema secundario que debía resolverse en el campo privado o familiar y no plantearse como una necesidad colectiva, parte de las tareas revolucionarias y responsabilizarse el grupo de ello?
Como se verá a continuación, la presencia predominante de las mujeres en el FUZ le dio una orientación diferente al grupo armado, y no es casualidad que por influencia de ellas se adecuaron las reglas con las que se supone debía funcionar la guerrilla. En primer lugar, las mujeres se posicionaron como las “más decididas”, es decir, que con ello reclamaron su derecho a ser sujetos y ejercer su papel histórico como revolucionarias y participar en las acciones militares. El segundo lugar, como mujeres y conscientes de que las tareas de crianza y cuidado también son valiosas e importantes, defendieron que la guerrilla debía ayudar económicamente a sus familias para mantener a sus hijos (Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020). 11
La guerrilla estaba envuelta en una tensión de género en la que si bien las mujeres tienen derecho a reclamar su papel como revolucionarias, también estaban preocupadas por dar continuidad y apoyo a las mujeres que se encargaban del cuidado de sus hijos, quizás como un acto de corresponder a su solidaridad, pues quienes ejercían esa labor sabían que era para permitir que las madres se dedicaran a la revolución; de esta manera, veían el cuida- do de los infantes como una forma de apoyar al movimiento. 12
Durante el año de 1970 se incorporaron más mujeres al FUZ, fue así que Lourdes Uranga, la hermana de Francisco Uranga, se integró a la guerrilla como base social. Por otra parte, también Margarita Muñoz reclutó a la médica Margarita Linares quien trabajaba en el dispensario de la Iglesia del Carmen en Tacubaya y quien aceptó curar a los enfermos o heridos del movimiento armado en caso de necesitarse (Muñoz, 1972, p. 8). Rigoberto Lorence reclutó a su hermano Carlos Lorence. Resulta interesante que el único que se quedó de tiempo completo fue Carlos Lorence, mientras que Uranga y Linares se quedaron como base social. Esto obedecía a una circunstancia de género, pues Lourdes Uranga era madre de dos hijos y peleaba con su exmarido la custodia de estos. La maternidad y la ética del cuidado que asumió Uranga hicieron que conservara un trabajo estable para mantener a sus hijos, mientras que al mismo tiempo tuvo que participar clandestinamente en la organización armada (Uranga, 2012).
Ernesto Guevara planteaba que el papel que la mujer tenía en todo proceso revolucionario “es de extraordinaria importancia”, y con la intención de desmarcarse de posturas machistas o discriminatorias dijo que las mujeres pueden hacer los trabajos más difíciles y combatir al lado de los hombres, sin embargo, también advertía que “la mujer es una compañera que aporta las cualidades propias de su sexo”, marcando la ambivalencia de que si bien “puede trabajar lo mismo que el hombre [...] es más débil, pero no menos resistente”. Con base en lo anterior, declaró que “naturalmente, las mujeres combatientes son las menos”, pues asumió su menor fuerza y capacidad “natural” para combatir en la guerrilla y por ello concluyó que aunque “no presenten las características físicas indispensables”, las mujeres pueden dedicarse “a la comunicación entre diversas fuerzas combatientes, al acarreo de objetos o dinero, de pequeño tamaño y gran importancia” con- fiado en que ellas podían asumir esos riesgos porque el enemigo les da a las mujeres “un trato menos duro”. En síntesis, Guevara pensaba que la mujer debía seguir con su rol tradicional, pero adecuándolo a la guerrilla, por lo tanto, podía ser mensajera al igual que maestra o enfermera; incluso, afirmó que “la mujer puede prestar aquí su concurso, sobre todo en la confección de uniformes, empleo tradicional de las mujeres en los países latinoamericanos”, explicando que la mujer “en los otros órdenes de la organización civil prestan su concurso”, y solo “puede reemplazar perfectamente al hombre y lo debe de hacer hasta en el caso de que falten brazos para portar armas, aunque esto es un accidente rarísimo en la vida guerrillera” (Guevara, 1977, pp. 131-133).
Lourdes Uranga sostiene que en su grupo armado el ejemplo y la ideología guevarista fue un obstáculo para que las mujeres pudiesen participar, pues en buena medida su capacidad militar era subestimada. Esto es plausible en algunas afirmaciones como la de Rigoberto Lorence, que al hacer un balance sobre quiénes eran los sujetos ideales para la guerrilla dijo:
Se necesitaba gente de experiencia tipo [Francisco] Uranga o tipo Carlos [Lorence]. Carlos no tenía experiencia en balazos, pero sí en batallas a trancazos pues, a golpes. Y eso te da cierta ventaja. Cómo mandas a Uranga que se agarre a un duelo a muerte con el policía, pues porque ya tenía experiencia, para eso no hay reglas, es cosa de la experiencia, de tus gustos (entrevista personal, 2020).
Ernesto Guevara, quizás por su contexto y biografía, no podía comprender que las mujeres no estaban en la guerrilla porque tuvieran “cualidades propias de su sexo”, sino por una serie de mandatos de género, el sexismo y los estereotipos que las excluían del espacio público, de la política y de su derecho a ser dueñas de sí mismas y participar como sujetos históricos. Quizás por este sesgo patriarcalista del guevarismo es por lo que, en el FUZ, sobre todo, las mujeres manifestaron su simpatía por la ideología del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) de Uruguay, que al menos en el discurso promovió una igualdad entre los géneros. Veremos este aspecto a continuación.
LA ESTRUCTURA POLÍTICO MILITAR DEL FUZ: EL DESEMPODERAMIENTO DEL HOMBRE
Tanto las declaraciones de Francisco Uranga como de Francisca Calvo coinciden en que el MLN-T fue una influencia importante en el proceso de fundación del FUZ. Una de las primeras coincidencias con dicha organización es que los tupamaros pensaban que
a pesar de los reveses sufridos, de la muerte del Che, de las dificultades del movimiento guerrillero […] seguimos creyendo que aquella concepción, en aras de la cual el Che entregó su vida por nosotros, sigue siendo cierta, y tarde o temprano […] las selvas y las montañas se poblarán de guerrilleros, hasta que todo el continente se transforme en un Vietnam (entrevista a Ariel Collazo, citada en Costa, 1971, p. 162 ).
Francisco Uranga (1972) también creía que “las condiciones ya están dadas y esto [la revolución] será en cinco o siete años”. El FUZ, al igual que los Tupamaros, posicionaron a las urbes como un centro fundamental en el desarrollo del movimiento revolucionario, de ahí que el foco guerrillero no estaría en las serranías o selvas, como proponía el guevarismo, sino que los revolucionarios estarían en “la garganta del enemigo”. 13 Los tupamaros, sin lograrlo del todo, propusieron una forma de relación entre los géneros más igualitaria. Es icónica la respuesta del líder tupamaro Leopoldo Madruga a quien se le preguntó cuál era el papel de la mujer en el movimiento, y respondió: “Primero le diría que nunca es más igual un hombre a una mujer que detrás de una pistola .45” (Costa, 1971, p. 195 ). En el discurso público los tupamaros proclamaban igualdad entre hombres y mujeres, sin embargo, Tamara Antonieta Vidaurrazaga (2019) cuestiona lo anterior, pues explica que las mujeres tupamaras entraron a un espacio históricamente masculino, “dando un salto de lo privado a lo público” y para ser incluidas en el grupo armado debieron adecuarse a “comportamientos ajenos a los mandatos de la feminidad: fuerza, valentía, destreza, control de las emociones, destreza ante las dificultades materiales, camaradería” (p. 10), cuestiones que intervenían para el prestigio al interior de la organización armada. En este sentido, la supuesta igualdad detrás de una pistola .45, de acuerdo con la tupamara Celeste Zarpa: “fue la masculinización realizada consciente o inconscientemente por las militantes, quizás como herramienta para ser respetadas” (Vidaurra- zaga, 2019, p. 11).
La vestimenta fue un signo de dicha masculinización de las mujeres tupamaras, pues las militantes fueron criticadas porque usaron minifaldas o zapatos de plataforma, para así reflejar una homogenización de las vestimentas, “transitando de la falda corta que dictaba la moda a los vaqueros y chamarra que dictaba el buen gusto tupamaro” (Vidaurrazaga, 2019, pp. 10 y 11). Con base en esto, cabe preguntarnos: ¿los varones guerrilleros del FUZ, en su práctica política, fueron consecuentes con el discurso tupamaro que proponía la igualdad entre hombres y mujeres?, o quizás ¿también reprodujeron la masculinidad hegemónica disimulada con “neutralidad” genérica?
Lourdes Quiñones asegura que había una relación igualitaria entre hombres y mujeres en la guerrilla, y reivindicó la consigna tupamara de la siguiente manera: “éramos igualitos, disparábamos igual. Decían los Tupamaros que detrás de una .45 somos igualitos” (entrevista personal, 2020).
Las guerrilleras del FUZ, a pesar de que en un inicio fueron marginadas de las acciones militares, ejercieron decididamente su derecho a ser guerreras y no estaban dispuestas a aceptar privilegios de los varones. Hubo una participación femenina importante en la expropiación al Banco Nacional de México (Banamex) que se llevó a cabo el día 30 de octubre de 1970. El análisis de dicha acción permitirá ver cómo se relacionaron mujeres y hombres al interior de la guerrilla y plantear algunas transgresiones de género, así como analizar el problema de la masculinidad contrahegemónica en tensión con la hegemónica.
En el FUZ, las mujeres no se veían obligadas a vestir de acuerdo con lo que dictaba el “buen gusto tupamaro”, es decir, que no todas usaron pantalón vaquero, sino que por el contrario reivindicaron su presencia femenina, tal es el caso de Lourdes Quiñones, Margarita Muñoz y Paquita Calvo, quienes el día en el que se hizo la expropiación al Banamex usaron una peluca rubia hasta los hombros con fleco, dos minifaldas que estaban muy de moda, dos blusas, unas polainas cafés [que simulaban botas], pues cuando pensaron adquirir botas cambiaron de idea por lo caras que estaban, unos lentes redondos grandes y oscuros, tres pañoletas, tres pasamontañas […] y una blusa de maternidad (Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020; Calvo, 1972 y Muñoz, 1972).
Lourdes Quiñones fue comisionada para ser la primera en entrar al banco, en decidir si había condiciones para hacer la acción y tenía que desarmar y neutralizar al único policía que cuidaba la sucursal. Ella recuerda que “nunca me había quedado ni con el cambio de las tortillas”, es decir, que su experiencia armada era prácticamente nula, pero no era la única, pues en esa situación estaban todas las demás mujeres y Carlos Lorence. Ser inexperta, ser mujer o vestir con minifalda no fue ningún impedimento para protagonizar un asalto armado en un importante banco de la zona de Coyoacán en la Ciudad de México. De acuerdo con los testimonios disponibles, las mujeres iban rumbo a la expropiación festivas y despreocupadas, por ello Francisco Uranga, en tono de broma, les dijo que “parecen que van al palo encebado”. Uranga se dio cuenta de que había una transgresión de género y la reivindicaba, cuestión que puede interpretarse como señal de una masculinidad contrahegemónica en la que hombres y mujeres se situaban en un plano más igualitario (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020; Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020 y Calvo, citado en Méndez, 2019, p. 101 ).
Quiñones señala que ella estaba decidida y que por eso no le costó trabajo hacer la acción armada, es “como ir caminando… como decidiste ir al super, pues vas caminando al super y compras” (Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020). Dicha decisión, en el caso de las mujeres, habla de una transgresión de género, pues no solamente estaban pisando un terreno tradicionalmente masculino cuando participaban en una organización político-militar, sino que además estaban dispuestas a morir o matar. 14
Como lo señala Tamara Vidaurrazaga (2019), “cuando la mujer toma las armas y con ellas la posibilidad de controlar la vida y la muerte, se produce la mayor transgresión a los mandatos hegemónicos de género” (p. 8), pues la mujer en las sociedades patriarcales es condenada a cumplir su rol de “dadora de vida”, “de cuidadora”, quedando reservado para los varones el privilegio de decidir sobre la muerte.
El día de la expropiación, Lourdes Quiñones no quería disparar a nadie, por el contrario, estaba evaluando la situación, pues había visto a una cajera que atendía a unos sujetos uniformados de azul [que posteriormente supo que eran camilleros del Hospital 20 de Noviembre] y sospechó que quizás eran policías, pero en esos momentos el automóvil con el resto del comando se paró enfrente del banco y el policía al ver que se bajaban varios hombres encapuchados con armas largas se puso alerta. Quiñones le apuntó al oficial por la espalda y le dijo: ¡quieto!, sin embargo, este no le hizo caso y ella le disparó para neutralizarlo, pero el policía al mismo tiempo vació rápidamente todos los tiros de su revólver y acertó dos veces en el cuerpo de Uranga, hiriéndolo en el pecho. Este último alcanzó a reaccionar y también descargó su fusil M-1 y lo hirió. Quiñones tiró a matar, lo mismo que el policía y el propio Uranga, pero sorprendentemente nadie murió ese día, las balas rebotaron e hirieron en el pie y en una oreja a Quiñones y también varios civiles salieron lesionados (Informe de Eduardo Toledo Villareal, s. f.).
Resulta interesante que Lourdes Quiñones, tiempo después, reivindicó con cierto orgullo que ella le había disparado al policía y con ironía me explicó que después de varios años de haber cumplido una condena por dicha acción, fue amnistiada, pero su salida de la cárcel fue retrasada porque la policía política la consideraba “sumamente peligrosa”. Lo anterior expresa una reivindicación de género, pues las mujeres al posicionarse como guerrilleras, como seres capaces de decidir en el “mundo de Tánatos”, se empoderaron:
Pero además yo no puedo vivir en mi casita linda, mi trabajo... no. No puedo. Estoy convencida de que no queda de otra que la lucha armada y eso nos puede llevar a la muerte, pues es así. Nada más que no me van a matar por ir en una manifestación, ni me van a macanear. Se van a agarrar a balazos conmigo y donde yo diga y cuando yo diga y contra quien yo diga. Así que… y éramos tres mujeres y tres hombres, el comando (Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020).
De manera contraria, Francisco Uranga se mostró avergonzado por haberle disparado al policía e incluso, cuando fue detenido y en el proceso judicial, se careó con el policía del banco. Uranga se disculpó con el oficial por haberle disparado. De esta manera, el varón reivindicaba una masculinidad contrahegemónica al asumir que el deber revolucionario no implicaba matar policías, pues estos eran también parte del “pueblo”, y asumía que cualquier acción armada tenía que evitar la pérdida de vidas. Pero el significado y el sentido de dispararle a un gendarme eran muy diferentes para una mujer, pues socialmente no se creía que las mujeres pudiesen cumplir con el rol dominante de someter a un policía. Quizás el cuidador del banco tuvo cierta responsabilidad de haber recibido el tiro, pues al no hacerle caso a Quiñones (quizás por tratarse de haber oído la voz de una mujer y de haber visto un hombre con arma larga enfrente) no tomó en serio la amenaza. También intervino la masculinidad hegemónica en el gendarme al querer “hacerse el héroe”, al tratar de enfrentar a un grupo de guerrilleros que ya lo habían rebasado en número y armamento.
Resulta interesante cómo la representación social de la mujer que estaba asociada a su papel pasivo es subvertido en la expropiación al Banamex. Todos los integrantes del FUZ acordaron utilizar el estereotipo femenino para que las fuerzas policiacas no sospecharan, por ello Lourdes Quiñones y Francisca Calvo participaron en la acción luciendo maxifaldas, que se quitaron después del asalto para dejar expuestas las minifaldas que portaban debajo. La mayor transgresión la hizo Margarita Muñoz, quien aparentando cumplir el rol reproductivo asignado socialmente a la mujer como “dadora de vida”, como madre, se puso un bulto en el abdomen para “estar embarazada”. Ella y Paquita Calvo tuvieron la función fundamental de servir como “muro de contención”, pues en caso de que llegaran refuerzos policiacos al lugar serían las primeras en exponer sus vidas y se enfrentarían al enemigo armadas con pistolas y unas bombas molotov, con las que incendiarían algunos objetivos para distraer a los gendarmes.
Cabe mencionar que, si bien Francisco Uranga fue el principal estratega militar de la operación, no impuso su autoridad, sino que, al contrario, aceptó las propuestas de los demás. De esta manera no había un solo “jefe”, sino que era un grupo donde todos eran autoridad política y militar, así las mujeres tuvieron voz y voto a la hora de deslindar responsabilidades y lograron ser incluidas con papeles protagónicos dentro de la expropiación. 15 La democracia que nacía en el seno de este grupo se encontraba en constante tensión, pues no todos estaban de acuerdo con la forma en que se conducía la guerrilla; es el caso de Rigoberto Lorence, quien cada vez, con más fuerza, empezaba a cuestionar a quien reconoció como la principal líder del grupo: Francisca Calvo. Como lo veremos a continuación, para Lorence, Francisco Uranga no era su rival político, pues lo percibió como a un varón desempoderado, poco preparado ideológicamente que, según él, estaba bajo la influencia ideológica y política de Francisca Calvo. En cambio, recuerda como a una “caudilla” a esta última. Pero en la percepción de Margarita Muñoz y Lourdes Uranga el principal “jefe” de la guerrilla fue Francisco Uranga, porque era el estratega militar y ellas no le reconocen ningún liderazgo importante a Paquita Calvo dentro del grupo, sino que la recuerdan como una militante más. Sin embargo, Rigoberto Lorence se enfrenta con Paquita Calvo y ese conflicto sería la punta de lanza que terminaría en la salida del grupo de él y de su esposa Lourdes Quiñones. ¿Dicho cuestionamiento de Lorence al liderazgo femenino de Calvo, además de expresar una pugna por el poder también fue una tensión de género? Veremos este problema a continuación.
TÁNATOS, LA VIOLENCIA MASCULINA Y LA DIVISIÓN DEL FUZ
Como se ha venido explicando, los varones aceptaron una dirección colectiva, pues a pesar de que algunos sentían que tenían una mayor capacidad y habilidad para las acciones armadas no quisieron imponerse -y tampoco podían imponer su poder- ni defender sus privilegios como hombres, por el contrario, abrazaron los ideales igualitarios y compartieron con sus esposas o compañeras la dirección de la guerrilla. En la vida cotidiana el igualitarismo también se expresaba cuando los quehaceres domésticos eran distribuidos de manera equitativa.
Después de la expropiación al Banamex, Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñones se fueron a Ciudad Juárez, Chihuahua, en donde visitaron a su hija e hicieron algunos contactos para nutrir de reclutas al grupo armado. Margarita Muñoz, quien era la tesorera, les dio dinero para que les trajeran unos juguetes para sus hijos, para solventar algunos gastos de manutención de su hija, así como un estuche de cirugía, un radio tocadiscos y ropa. Hasta ahí parecía que todo iba bien en el grupo, aunque empezaban a aflorar algunas diferencias insalvables que se volvieron antagónicas cuando Lorence y Quiñones regresaron de su viaje a Chihuahua.
Según Margarita Muñoz y Francisco Uranga, hicieron una junta de crítica y autocrítica y esperaban que Lorence y Quiñones se “autoanalizaran, con objeto de que superaran su conducta”, pues habían tratado de abandonar a Uranga cuando este estaba en peligro de muerte. Muñoz explica que “todo resultó inútil, pues no aceptaron sus errores y, por el contrario, se pusieron en un plan agresivo”. Para Rigoberto Lorence no había forma de reconciliarse porque interpretó las críticas como una maniobra de Francisca Calvo y Fran- cisco Uranga para expulsarlos (Francisco Uranga, 1972 y Muñoz, 1972).
Este desencuentro tenía su historia. Margarita Muñoz, en su declaración ministerial, expresa que desde la fundación del FUZ había un cierto descontento hacia Rigoberto Lorence, pues según ella no se integró en un principio a la casa de seguridad para vivir con todos los del grupo, además padecía alguna enfermedad, “tenía un carácter muy agresivo”, percepción que se iría tejiendo con una serie de desacuerdos, en cuanto a las acciones armadas. En la junta que se hizo para elaborar el plan de la expropiación al Banamex, Muñoz sostiene que Lorence estaba preocupado porque su esposa, Lourdes Quiñones, fuera la encargada de desarmar al policía, por lo que propuso que ella simplemente le disparara por la espalda sin advertirle nada, para que de esta manera no peligrara. Lorence y Quiñones en su versión de los hechos niegan esta afirmación, sin embargo, lo que aquí me interesa plantear es que sin existir pruebas que afirmen o nieguen la versión de Muñoz, cabe situar que en su discurso los desacuerdos se expresan en torno al tema de la muerte y apuntan a rechazar que alguien del grupo decida quién debería ser sacrificado en aras de la revolución.
Por esta razón, las diferencias entre Francisco Uranga y Margarita Muñoz con Rigoberto Lorence y Lourdes Quiñones se volvieron antagónicas, después de que Muñoz acusara a Lorence de la siguiente manera:
“Gabriel” [Rigoberto Lorence] se había bajado en el camino después de la exponente para ir en busca de la hermana de “Adán” [Francisco Uranga] o sea de “Toña” [Lourdes Uranga], pensando en que “Adán” se iba a morir, ya que tenía un derrame muy fuerte en un costado y la misma doctora pensaba que la bala le había perforado la pleura, les propuso a los compañeros que lo abandonaran y se llevaran el dinero obtenido en la expropiación, pero hubo un rechazo unánime de todos a esos planes de “Gabriel” (Muñoz, 1972). 16
Para Margarita Muñoz, la falta más grave de Rigoberto Lorence fue haber pretendido decidir sobre la vida de su marido, de un integrante del grupo armado. Según Francisco Uranga, tardó dos meses en poder levantar- se y hasta entonces se enteró de que
ya habían tenido problemas los otros compañeros con Lourdes y Rigoberto con motivo del dinero, porque estos querían llevarse el total de los recursos económicos aduciendo que el declarante se iba a morir y entonces ellos lo emplearían con otras gentes (Declaración preparatoria de miembros del Frente Urbano Zapatista, 1972).
Cabe mencionar que mientras Muñoz sitúa como la afrenta más grave que Lorence haya tratado de abandonar a su esposo y dejarlo morir, para Uranga lo más importante era que usaba como pretexto su estado de gravedad para pretender quedarse con el dinero.
Según el testimonio de Rigoberto Lorence hubo un altercado con Francisco Uranga, con el resto del grupo, pero sobre todo con Paquita Calvo:
Pero no le entraron al debate. No que tú propusiste… que yo… “oye, pero te estás quedando el dinero, las armas y me estás dejando solo”. Con una herida, con una combatiente herida, ¿eres capaz de hacer eso? ¿Así resuelves tus problemas ideológicos y políticos? Entonces podías decir lo que quieras, pero el motivo era otro (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020).
Para Lorence, los problemas al interior del FUZ estaban “muy relacionados con la ambición de Paquita [Francisca Calvo], no lo veo de otra manera… o el choque de egos o lo que tú quieras o una combinación” (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020). Lorence reconoce que se le reclamó: “no es que tú dijiste y un día me maltrataste. Lo cual indica el nivel de la discusión” (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020). En opinión de Lorence, lo que debía importar en la guerrilla era el debate político e ideológico, pero consideraba que con excepción de Paquita Calvo y Lourdes Quiñones, ningún otro miembro del grupo tenía un buen nivel teórico o ideológico, concluyendo que “no son cuadros formados”. Al estimar que Francisca Calvo era la única que estaba en condiciones de dar una línea política, consideró que ella había hecho una guerrilla “a su imagen y semejanza”, y por esto centró los ataques y reclamos a su persona, interpretando que todos los altercados se debían a una maniobra de Calvo para darle a él “un golpe de Estado” (Rigoberto Lorence, entrevista personal, 2020). 17
La masculinidad contrahegemónica guerrillera que se había planteado un trato más igualitario y fraterno de pronto comenzó a tornarse con tintes hegemónicos, pues la discusión se volvió muy ríspida, y en opinión de Lourdes Quiñones:
Era lucha de poder, Paquita contra Rigoberto Lorence. Eso, los dos. Querían ser los… no sé, no sé qué se sentían ellos. Pero ese era el problema, celo mutuo. Paquita, quería mangonear ella. Sí era la más preparada, desde el punto de vista cultural. Ella nació entre pañales de revolucionarios y fue arrullada por… por la familia que tenía relaciones con… eh… con los españoles que vinieron acá, filósofos. Gente de la cultura. Paquita nació en medio de eso. Y ella tenía otra trayectoria cultural… y bueno, pues, se sentía jefa y acá el jefe. Y luego dinero de por medio y Pancho era interesado en el dinero y Carlos Lorence… no, no, no, no… ahí salieron todas las eh... cosas negativas que traes (entrevista personal, 2020).
Lourdes Quiñones y el propio Rigoberto Lorence reconocen que en su actitud había una pugna por ser el “jefe” o la “jefa”, cuando el acuerdo inicial era que debía haber una dirección colectiva y democrática, no vertical. En opinión de Quiñones, lo que estaba fallando en el grupo armado era que el grupo no crecía “y no hacía contacto con el pueblo” (Lourdes Quiñones, entrevista personal, 2020).
De acuerdo con los testimonios de Lourdes Uranga, Francisco Uranga, Margarita Muñoz y Carlos Lorence, nunca hubo ningún pleito o ambición por el dinero, por el contrario, todo ellos enfatizan en sus declaraciones ministeriales o en sus testimonios que todos los recursos que se expropiaron fueron usados exclusivamente para los propósitos de la revolución (Declaración preparatoria de miembros del Frente Urbano Zapatista, 1972).
Con base en la ruptura anterior, se puede ver que, si bien en la organización hubo por parte de varones y mujeres un esfuerzo por responder a los ideales del “hombre nuevo”, también queda claro que los conflictos de género y los restos ocultos de la masculinidad hegemónica no fueron resueltos. Esto se hace evidente cuando Rigoberto Lorence se enfrenta con Paquita Calvo, pretendiendo personalizar el poder en ella, sin embargo, los testimonios de Margarita Muñoz, Lourdes Uranga, Carlos Lorence y Francisco Uranga son reveladores, pues ninguno de ellos considera que Calvo fuera la líder máxima, ni tampoco recuerda que ella fuera autoritaria o que quisiera “mangonear”. Por el contrario, la mayoría de los integrantes del FUZ vieron a Calvo como una mujer más dentro del grupo, que respetaba las decisiones colectivas. Contrario a la versión de Carlos Lorence, Margarita Muñoz dice que la “jefa” no era Calvo, sino su esposo, Francisco Uranga, quien era el estratega militar de la guerrilla. Con base en lo anterior, se puede ver que hay un cruce de subjetividades, pues en el caso de Lorence y Margarita Muñoz parecía más insoportable que una mujer liderara ideológicamente al grupo, mientras que no les molestaba que un varón como Uranga dirigiera lo militar. Esta legitimidad de Francisco Uranga para mandar en lo militar y el poco reconocimiento al liderazgo ideológico de Paquita Calvo responde a mandatos de género que derivaron en el menosprecio de las mujeres en tareas de dirección. Las mujeres en el FUZ estaban enfrentadas y poco so- lidarizadas con respecto al problema de la discriminación o dominación de la mujer, 18 por lo que quizás resulta sugerente la conclusión a la que llegó Lourdes Uranga:
La relación hombre-mujer, al interior del grupo guerrillero la definían los hombres o compañeras guerrilleras que imitaban al “Che” [Ernesto Guevara], no había una propuesta en femenino, por lo tanto, las mujeres teníamos que disparar como el que más, caminar sin des- canso, en mi grupo podíamos maldecir como hombres, hacer nuestro diario, sepultar nuestras contradicciones, o para ser más precisas, las mías (Uranga, citada en Méndez, 2019, p. 59 ).
A pesar de lo ríspido de las discusiones, se llegó a un acuerdo y se repartió el dinero en partes iguales. Pero la fractura del grupo deja entrever una serie de tensiones relacionadas con la ayuda material a sus hijas, a la oscilante y tenue línea de hasta dónde era legítimo apoyarles, al enfrentamiento entre Rigoberto Lorence con Paquita Calvo por un poder que no residía en ella, sino en una instancia colectiva, pero que a los ojos masculinos de Lorence se revestía como el peligroso liderazgo. A pesar de los tropiezos las mujeres avanzaron en su empoderamiento, lograron defender su derecho a formar parte en las decisiones, aunque con el costo de asumir un modelo de mujer que ocultaba la naturaleza de la opresión femenina.
CONCLUSIONES
Se pueden observar algunas masculinidades guerrilleras que tienden a cuestionar el tradicional rol del “macho mexicano”, por considerarlo como parte de la “moral burguesa” que prima en las sociedades capitalistas. Si bien en el discurso se posiciona la necesidad de ejercer una nueva masculinidad, en la práctica cotidiana de la vida clandestina existieron tensiones de género importantes, pues las prácticas políticas de los guerrilleros como parte de grupos subalternos, no necesariamente estaban desarticuladas de la masculinidad hegemónica, existiendo procesos de negociación y reconfiguración, volviendo complejas, y, a veces mucho más sutiles, las formas en que los subalternos ejercen poder y control sobre las mujeres y otros varones. En este sentido, si bien los guerrilleros optaron por un modelo de “hombre nuevo” y tuvieron una identidad masculina contrahegemónica, también incorporaron algunos elementos que estaban articulados con las formas dominantes del ideal del hombre. Esto se expresa en la idea generalizada de que el guerrillero debe ser heterosexual y fuerte. Los signos de debilidad, así como las muestras de dolor o de miedo, eran interpretados peyorativamente. Esto tuvo un papel importante al inicio del FUZ, pues como se dijo, las mujeres fueron excluidas de las acciones armadas.
Es importante recuperar que los hombres asimilaron una ideología y masculinidad contrahegemónicas y renunciaron a algunos privilegios patriarcales, como la posibilidad de monopolizar el mando militar; también cedieron terreno para que las mujeres definieran la línea política del grupo, sobresaliendo en este nivel la influencia de Paquita Calvo, sin embargo, como hombres se beneficiaron de algunos mandatos de género que los situaban en ventaja, pues en una organización armada las capacidades y aptitudes masculinas para la guerra fueron valorizadas colectivamente y se personificaron en el liderazgo militar de Francisco Uranga.
En este sentido, es necesario mostrar los matices, ya que aunque los guerrilleros hayan optado por hacer un esfuerzo enérgico para cambiar las relaciones asimétricas de género por medio de nuevas prácticas políticas, hay evidencia empírica que apunta a que también hubo herencias de la masculinidad hegemónica. La dirección colectiva permitió una mayor participación de las mujeres en las decisiones políticas y en las acciones armadas, pero el grupo carecía de un reglamento que de manera clara estableciera responsabilidades y funciones en cada uno de sus militantes, por esta razón, se dieron liderazgos en la práctica como el de Francisco Uranga en lo militar y Francisca Calvo en la discusión ideológica y política. Frente a estos liderazgos, que estaban sostenidos en una legitimidad y un reconocimiento colectivo, comenzó a existir un descontento por parte de Rigoberto Lorence, quien buscó participar más activamente en la orientación política e ideológica de la guerrilla y vio como obstáculo a Calvo. Con base en lo anterior, se observa que hubo un fuerte jaloneo por parte de un varón por romper el empoderamiento femenino y colocar la hegemonía masculina en la guerrilla. Lourdes Quiñones no ambicionaba ocupar puestos de dirección ni mandar en el grupo, pero sí apoyó a su esposo en los ataques que personificó con Calvo, asumiendo un apoyo indirecto a las posturas de su marido. Todo lo anterior nos permite ver que en el proyecto revolucionario del FUZ hubo tensiones por el poder que tuvieron trasfondos de género, que finalmente le dieron mayores ventajas a los hombres para desempeñarse en la organización, pues en primer término el liderazgo de Francisco Uranga tenía más legitimidad entre las mujeres que pertenecían a su clan familiar, mientras que estas mismas se sentían alejadas de Francisca Calvo, a quien hoy en día no le reconocen un liderazgo importante, cuestión que refleja que a pesar de la búsqueda por la igualdad entre hombres y mujeres, las memorias perduran para posicionar a un varón (Francisco Uranga) como el “jefe militar” del FUZ. 19