El capitalismo y el liberalismo llevan las guerras en su seno, así como las nubes llevan la tormenta […]. El desequilibrio entre las máquinas de guerra del Capital y los nuevos fascismos, por un lado, y las luchas multiforme contra el sistema-mundo del nuevo capitalismo, del otro, es flagrante: desequilibrio político, pero también un desequilibrio intelectual
Pareciera, por la inevitabilidad de lo obvio, que las guerras (así, en plural) son un decorado sobre el que el capital reproduce su lógica de acumulación ilimitada y las ínfulas de ingobernabilidad del mercado se muestran en su más ardoroso esplendor, que no merece mayor análisis que cuando los estados hegemónicos se ven azarados por la cercanía de tanques y misiles. Pero allí anida una operación de entrampamiento. Una operación silenciosa que desvía la atención y que no escatima recursos para pasar desapercibida. Treta que encubre un asunto insoslayable: las guerras son la condición de posibilidad del capital. No hay que pasar por la ingenuidad de desconocerlo o de pensar que nos enfrentamos a un hecho relativamente reciente, en términos históricos.
Dentro de esa operación de entrampamiento existe un revés desde el cual poner en evidencia la treta dispuesta. Cuando Fernández Savater (2022) se pregunta ¿qué significa repensar la guerra?, procede desde el interior mismo de la treta para mostrarla en su mayor dimensión, pues su respuesta indica un horizonte desde el cual comprenderla en toda su complejidad. Aprender a mirar el mundo estratégicamente, responde.
A pesar de que es innegable que cambian algunas condiciones, circunstancias y contextos, la lógica brutal de la guerra mantiene su teatro de operaciones, un tinglado sobre el que se desplazan, muchas veces inermes, las máquinas de guerra. 1 En la medida en que la guerra sirve de fundamento y contenido a la lógica de acumulación, se siguen produciendo nuevas máquinas de guerra, y con ellas nuevos instrumentos, más letales y brutales, que amenazan la extinción de la vida.
Pero para que las guerras continúen produciéndose sin demasiadas fricciones es ineludible crear, de forma paralela, un escenario que ridiculiza y somete a reducción suprema la riqueza y honestidad de la vida misma, pues plantea el teatro de guerra en términos de buenos y malos, soslayando que las guerras vacían de sentido y significado la pluralidad inagotable de los modos de existencia (Souriau, 2017), lo que facilita no solo la desertización del ámbito de la comprensión de los fenómenos complejos, sino además la reducción de la vida al ejercicio de poder que acaba con la vida; mientras simultáneamente se apropia de un plus que siempre (o casi siempre) va escondido entre el ruido de los cañones o de la (des)información.
En ello, el capital se ha jugado su despliegue, pues no sería posible ni pensable el realismo capitalista (Fisher, 2016) sin la brutalización reduccionista de su empeño y la locura insaciable de una acumulación ilimitada (nuevo paradigma de lo sin límite), porque para el capitalismo no hay límites, no hay quién los imponga, porque su dinámica expansiva hace que al encontrarlos, de manera inmanente, busque a cualquier precio poder derribarlos; no así la existencia, que sí tiene límites y limitaciones establecidas por el propio capital, pues desde allí se trazan vectores que imponen una actividad ficcional en la cual se produce “la existencia imaginaria de un límite y un límite imaginario de la existencia” (De Brasi, citado en Perdomo, 2019, p. 129 ), lo que funciona como una violenta sutura en la apertura irreductible de lo posible. Pero eso es lo de menos. En el caso de los actores preponderantes (Estados o capitales privados que terminan por asumir una muy similar fisonomía), solo la vida de los inocentes -sí, así los llaman bajo la caja de resonancia de los medios de comunicación impulsados por el propio capital, otra máquina de guerra que se disfraza con el traje siempre lúgubre y funesto de la neutralidad- importa, lo que genera una esfera valórica que sustrae de la discusión lo fundamental de las guerras: la condición de posibilidad del capital basada en la norma de la desmesura.
Cuando abrazamos el liberalismo no tenemos plena claridad sobre sus alcances, sobre lo que no sale a la luz, sobre lo que opera una estrategia de penumbra y silencio. Si el Estado moderno, criatura excelsa de la más excelsa versión del liberalismo, se configura como un estabilizador del conflicto social, como aquel guardián del buen orden, lo hace solo a condición de irrigar la axiomática capitalista tanto como le sea posible; situación que para Guattari (2021) resulta significativa de una relación que complejiza la comprensión del funcionamiento de la máquina del capital, pues “nos encontramos frente a una situación paradojal, en cuanto al nivel político, el poder está completamente concentrado en el Estado; mientras que a nivel económico, el poder funciona y difunde en entidades que no coinciden con el Estado” (p. 29). No hay duda sobre cómo el estado liberal ha producido y conducido a esta situación ventajosa.
El estado liberal ha cumplido sus funciones con demasiada celeridad, como lo comprueba su última fase, la neoliberal, donde se destina sobre todo a brindar seguridad jurídica y militar al capital privado (al menos en Colombia en lo que va del siglo xxi parece bastante claro); ruta conducida por la pacificación (sangrienta o no) de la conflictividad social. No obstante, “este mito ha servido para disimular la tendencia, inherente al liberalismo, a entrar en una violencia sistemática y llamarla paz; dicho de otro modo, para disimular la violencia de la paz liberal” (Neocleous, citado en Alliez y Lazzarato, 2021, p. 380).
Hoy, el teatro de guerra -los escenarios expansivos de las guerras- no pasa unívocamente por cuestiones interestatales, sino que converge cada vez con más vértigo, en lo que Alliez y Lazzarato (2021) , trayendo a colación al general Vincent Desportes, denominan “guerra probable”, que no es otra cosa que
el funcionamiento de una máquina de guerra que no tiene a “la” guerra como fin, en la medida misma en que transforma a la paz en una forma de guerra para todos […]. La unidad y la finalidad de la máquina de guerra no están dadas por la política del Estado-nación, sino por la política del capital, cuyo eje estratégico está constituido por el crédito/deuda. La máquina de guerra sigue produciendo guerras -incluso, aunque de manera limitada y lo más generalmente indirecta, interestatales-, pero están subordinadas a su verdadero “objetivo” que es la sociedad humana, su gobernanza, su contrato social, sus instituciones, y ya no tal o cual provincia, tal río o tal frontera, ya no hay línea o terreno por conquistar, que haya que proteger. El único frente que deben tener las fuerzas movilizadas es el de las poblaciones (p. 350).
Esto puede explicar el viraje y los cambios en las guerras desde la Guerra Fría (y el problemático 68) hasta nuestros días. De una guerra industrial en la que el complejo militar-industrial amenazaba la existencia completa del planeta -vía armas nucleares-, a las guerras dentro de las poblaciones, porque ya las guerras no se hacen “entre” sociedades, sino que se hacen “en” las sociedades (Alliez y Lazzarato, 2021), un teatro de operaciones que no es del todo desconocido, pero que sí enfrenta a la máquina de guerra del capital frente a un enemigo “irregular” o “indeterminado” 2 que puede estar esparcido o dispersado en las sociedades o dentro de las poblaciones. Así, el dispositivo capitalista expande sus intereses constituyendo una convergencia de guerras: de sexo, de raza, de subjetividades, comunicacional y, por supuesto, militar, 3 cuando lo amerite la situación.
Que esto pueda ser comprendido fácticamente pasa por revisar, entre algunos ejemplos, el estallido social de Chile en octubre de 2019 y el de Colombia desde abril de 2021. El tratamiento militar de contención a la energía social solo podría condensarse por medio de las guerras dentro de las poblaciones. Resultó paradigmático -además de la instrucción militar que recibieron el Ejército y la Policía para enfrentar estas nuevas guerras “en” las sociedades- que tanto en Chile como en Colombia se presentara el mismo experto (Alexis López Tapia) a instruir al estamento policial y militar contra la “revolución molecular”, basado en una interpretación pobrísima y desleída de la obra de Guattari, precisando a los enemigos indeterminados como moléculas que deben ser neutralizados por cualquier medio -tecnológico, militar, legal, e incluso ilegal-, pues pretenden instaurar el caos (ese sí, no capitalista) para alcanzar la revolución, o al menos, “una transformación que pone en evidencia el anacronismo de las coordenadas democrático-representativas que se organizan en torno al Estado-nación” (Guattari, 2021, p. 11). La condición de contención de la máquina de guerra capitalista frente a estos enemigos indeterminados pasa por asumir que
la población es el campo de batalla al interior del cual se ejercen operaciones contrainsurgentes de todo tipo que, simultánea e indiscerniblemente, son militares y no militares, porque además son portadoras de la nueva identidad de las “guerras sangrientas” y de las “guerras no sangrientas” (Alliez y Lazzarato, 2021, p. 41).
Aunada a esta instrucción, esta confrontación se expande por otros canales, incluso guerras, como las comunicacionales y las de subjetivación que intensifican el conflicto social “entre” la sociedad (entre sus integrantes), lo que perfila un reducido mundo valórico entre buenos y malos, donde los malos son identificados casi de manera inmediata con el enemigo irregular, conductor del sabotaje que pretende inocular el caos en el flujo de la “máquina” capitalista, entorpeciendo y malogrando su axiomática, porque como sostienen Alliez y Lazzarato (2021) : “el capital no es ni estructura ni sistema, es máquina, y máquina de guerra de la cual la economía, la política, la tecnología, el Estado, los medios de comunicación, etc., solo son articulaciones informadas por relaciones estratégicas” (p. 45). Esto tiene unas implicaciones bastante fuertes en las formas como responde esa máquina capitalista, que en el caso colombiano asume la forma particular de pacificación securocrática, en la que se concentró la militarización del gobierno bajo la gubernamentalidad liberal de control y pacificación social que se viene refinando desde principios de este siglo (o desde 1999 con el Plan Colombia 4 ), y que arroja un escenario necropolítico en el que se imbrican y se mantienen, a toda costa, la acumulación y el monopolio del valor por parte del capital y la acumulación y el monopolio de la fuerza por parte del Estado (Alliez y Lazzarato, 2021), impulsado, entre otras, por una estrategia de tierra arrasada que vio en la táctica paramilitar su más preciado aliado, lo que permitió intercambios impensados entre uno y otro (con los actores que cada uno aportó).
Hasta nuestros días, todos los días, de maneras diversas, en ruidosos estruendos de fusiles (en Cauca o Chocó, por ejemplo), en silenciosos destellos mediáticos que persisten en construir una matriz de opinión favorable a la pacificación securocrática (medios de comunicación emparentados con el capital privado), en reverberantes discusiones en redes sociales que hacen aflorar las guerras de subjetivación, en las recientes jornadas electorales a las que se reduce la democracia, las máquinas de guerra del capital continúan sin reparos, cubriendo cada dimensión de nuestra existencia, perpetuando una guerra probable en medio de una sociedad escindida que naufraga ante la mirada lustrosa del capital, sin que haya claridad frente a las formas de confrontación que permitan desidentificar subjetividades políticas -individuales y colectivas- del juego electoral, de la disciplinarización y el control de los dispositivos securitarios (desde lo militar a lo financiero) y lleven esa confrontación a todos los niveles posibles, puesto que ya que no se trata solo de la resistencia frente a, sino que “atañe también y sobre todo a la creación de una multiplicidad de funcionamientos alternativos” (Guattari, 2019, p. 52 ).
Nota (in)conclusa
Las guerras y el collage capitalista, ensamblados en medio de la idolatría por el mercado, es decir, la incuestionabilidad sobre sus supuestos fundamentos y las prácticas derivadas de estos, permitirían plantear, parafraseando a Wittgenstein, que los límites del mercado son los límites de la existencia, que componen, descomponen y recomponen la vida en su totalidad mediante la barbarie y la desmesura en que la ilimitación del mercado se enfunda en los atavíos de la financiarización y la expansión de las guerras, ya no como evento que irrumpe de manera esporádica para alterar el buen orden, sino como una sorda permanencia, insistente, ubicua, que entrampa su propia condición de posibilidad y deja a los cuerpos que lo padecen insensibles a sus efectos y afectos; no en vano: “el mercado es, en este aspecto, una forma genial de marcado, de marcaje y acoso mucho más eficaz que el añejo y paternal Estado, que al fin y al cabo siempre estaba al borde del ridículo en sus gestos autoritarios” (Castro, 2011, p. 26 ).
No se puede perder de vista, porque el mercado no es neutral, ni su función primordial es la asignación de recursos de manera eficiente, ni la circulación de información que puede ser puesta en conexión para maximizar el propio beneficio, entre otras, sino que hoy opera como un sofisticado dispositivo de sujeción identitaria que logra una fidelización de los sujetos a la máquina de guerra capitalista, o en palabras de Érik Bordeleau (2018): “El sujeto debe permanecer privado en todo momento. Devenir un socio del orden establecido” (p. 32) para seguir contribuyendo a la consolidación del orden impuesto mediante la actualización vertiginosa del collage capitalista que permite desplegar sus flujos bajo diferentes capas y fisonomías.
Collage capitalista que se renueva cada vez que derriba los límites que aparecen después de cada empresa de acumulación, basado en la gubernamentalidad como biopolítica -por ello como exceso de gobierno sobre la vida (Foucault, 2007)- y como guerra civil permanente, como contínuum que repele cualquier insurrección o efecto de ruptura, que va de lo subjetivo (la producción de subjetividad es simultáneamente la primera de las producciones capitalistas y una de las más importantes modalidades de la guerra (Alliez y Lazzarato, 2021) a lo societal, intentando configurar una sujeción colectiva sin demasiadas fricciones al orden del capital. El collage capitalista no funge como totalidad o absoluto, sino como fractalidad recurrente, un trastocar vertiginoso, un vodevil de furia y poder, de insaciabilidad de acumulación bajo la norma ineludible de la competencia. Una mirada a contrapelo -contrahistoria- de las guerras, “no la guerra ideal de los filósofos, sino las guerras que causan estragos ‘al interior de los mecanismos de poder’ y que constituyen ‘el motor secreto de las instituciones’” (Alliez y Lazzarato, 2021, p. 430), puede darnos una mejor posición frente a lo que viene, otorgándole la razón a Fernández Savater y su repuesta sobre repensar la guerra: “Aprender a mirar el mundo estratégicamente”.