La llamada guerrilla de los Lacandones1 se nutrió principalmente de militantes comunistas que provenían del movimiento espartaquista mexicano,2 quienes decidieron levantarse en armas tiempo después de que ocurriera la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco en la Ciudad de México.3 Dicho movimiento armado se propuso hacer una revolución socialista y se articuló en torno a tres comandos guerrilleros (Lacandones, Patria o Muerte y Arturo Gámiz), que hacia 1972 realizó varias expropiaciones importantes a tres empresas privadas y a un camión de seguridad del Sistema de Transporte Colectivo Metro.4 Una vez que esta guerrilla fue desarticulada y se detuvieron a la mayoría de sus militantes, algunos de los guerrilleros sobrevivientes y bases de apoyo se integraron a la Liga Comunista 23 de Septiembre en 1973.5 El presente artículo no expondrá la experiencia armada, el foco de atención será puesto en la etapa previa al proceso insurreccional de la guerrilla urbana, la cual será trabajada desde la biografía con un marco metodológico de género6 y feminista,7 que considere al estudio del fenómeno revolucionario otorgando centralidad a las mujeres como sujetas históricas importantes en los procesos de transformación política y social.
La protagonista de este artículo, Yolanda Casas Quiroz, nació en 1944 y formó parte de una familia humilde de la Ciudad de México. Ella pertenece a una generación que creció en un contexto de contrarreforma agraria y de polarización social acelerada, producto de las vertiginosas transformaciones que trajo consigo el modelo de industrialización en México, de la que emergió una nueva clase media, a costa de la pauperización de los sectores campesinos y de importantes capas del sector obrero-industrial.8
La categoría central que sirvió para articular la presente investigación es la de subjetividad social,9 la cual permitirá estudiar las creencias, costumbres, prejuicios y verdades constituidas por dicha exguerrillera. Dicho de otra manera, se busca entender mediante esta categoría de análisis cómo la lucha por el poder económico y político tiene una base subjetiva, que orienta las prácticas políticas de los actores sociales.10
Como fundamento empírico no se usaron los expedientes desclasificados de las policías políticas que se encuentran en el Archivo General de la Nación,11 pues dichos fondos no permiten conocer las subjetividades y emociones que llevaron a los guerrilleros a optar por la vía armada. Por lo antes dicho recuperé las fuentes directas testimoniales, poniendo énfasis en la reconstrucción de la historia de vida de una mujer exguerrillera que tuvo una participación sobresaliente en el llamado comando Lacandones (Casas, a, 2019).
En la historiografía sobre el Movimiento Armado Socialista Mexicano (MASM) de manera implícita se considera que el problema de género y las subjetividades sociales que lo rodean poco o nada tienen que ver con los procesos de rebelión o insurrección, pues pareciera que las guerrillas tienen un objetivo puramente político-militar, donde las emociones se muestran como secundarias o marginales.12 Las investigaciones de María de Jesús Méndez (2019) , Nithia Castorena (2019) , Nora Amanda Crespo (2012) y Gabriela Lozano (2015) rompieron con la visión antes dicha, y contribuyen para entender a las mujeres guerrilleras como transgresoras de los roles de género, aunque como ellas lo señalan, también es importante hacer una análisis de las formas en que se reproducen las asimetrías entre hombres y mujeres en las organizaciones armadas.13 El presente artículo pretende sumarse a los esfuerzos anteriores, incorporando al debate la experiencia de un movimiento que ha sido poco estudiado.14
De esta manera deseo explorar cómo es que Yolanda Casas transgredió los estereotipos de género que condenaban a las mujeres a la esfera privada, a aquello que Celia Amorós (2001) denomina el espacio de las idénticas,15 y en cambio estudiaré cómo se reveló y accedió a espacios que socialmente estaban destinados a los varones; así mismo, explicaré cuáles subjetividades sociales pesaron para que Casas lograra una mayor autonomía individual, se incorporara a la resistencia política en contra del régimen priísta y, posteriormente, decidiera luchar en la guerrilla de los Lacandones.
El empoderamiento de la mujer es un concepto que retomo de la teoría feminista y que alude al proceso social o colectivo que permite a las mujeres salir del espacio privado (el hogar, la familia y el matrimonio) para convertirse en sujetas políticas y, mediante la organización colectiva, participar en los procesos democráticos que conllevan la lucha por la superación de la desigualdad de género (León, 2001, p. 105 ). De esta manera se estudiará la biografía de Yolanda Casas en el contexto de las transformaciones sociales que dieron cabida a la coyuntura del movimiento de 1968, del cual ella fue partícipe, y de esta manera recuperar la lucha estudiantil como una lucha democrática, que vista desde la historia de las mujeres, también representó un proceso de empoderamiento y de lucha por la igualdad.16
La discriminación clasista y racista en la familia de Yolanda Casas
Yolanda Casas Quiroz creció en una familia integrada por su madre, María de la Luz Quiroz, y su padre, Rodolfo Casas, así como cuatro hijas que por orden de edad se llamaban Irene, Eugenia, Yolanda y Marcela; Rodolfo que era el hermano menor. Vivían en una vieja casona en el barrio de Tacuba que había pertenecido a sus abuelos maternos, pero que solo fue heredada a sus tíos Lidia y Fidel. Casas recuerda que se preguntaba de niña por qué a su mamá no le había tocado herencia y concluye que ese fue un primer antecedente de discriminación en su familia.17
La tía Lidia era abogada, soltera y aprovechó su posición de poder para imponer en su familia la discriminación que a ella misma le había beneficiado, pues, de entre todas sus sobrinas, optó por enaltecer a Irene, quien cumplía con el estereotipo femenino hegemónico, por ser la güerita de ojos aceitunados, con gustos y modales refinados a quien alentó a ser estudiosa e inteligente.18 El racismo y el clasismo se manifestó en la familia desde que nació Eugenia, pues era una niña “prietita” y su tía Lidia la marginó por tener la piel morena. Yolanda recuerda que su papá y su mamá no discriminaban a sus hijas; sin embargo, permitían que se excluyera a su hija Eugenia porque vivían en casa ajena e incluso la tía les ayudaba económicamente.19
Casas rememora a Eugenia como una niña que se la pasaba “luchando y estudiando, haciendo lo necesario para que se le tomara en cuenta”, pero a pesar de todos sus esfuerzos fracasó en su intento por ser reconocida. Dicha violencia sutil marcó a Yolanda Casas, pues mientras su hermana Irene tenía ganado “el paraíso tan solo por el hecho de haber nacido, las demás lo teníamos que ganar taloneándole en serio”. Al ver a su hermana Eugenia que tanto se esforzaba y no era valorada, ella misma perdió las esperanzas de un día poder ser reconocida: “me sentía yo descalificada de antemano”, y su autoestima se vino abajo. En ella se afianzó un sentimiento de fracaso, de no cumplir con las expectativas de su familia, y le generó una subjetividad gobernada por el temor: “miedo a darme cuenta yo, a confirmar, y, por lo tanto, que los demás se dieran cuenta que era una fracasada.”20
Yolanda Casas experimentó de niña aquello que Marcela Lagarde (2015, p. 137) plantea como el cautiverio patriarcal de las mujeres, que se caracteriza por la privación de su libertad, de su autonomía, de su independencia; la imposibilidad de gobernarse a sí mismas, de poder escoger o decidir. En este sentido, se observa cómo Casas vivió la dominación mediante un mandato de género que la estereotipaba, que la alejaba del ideal de feminidad impuesto socialmente y la sometía a jerarquías familiares, de acuerdo con criterios clasistas y racistas.
Mientras Irene aparecía como la “heroína”; en cambio, Yolanda se sentía “tonta” y empezó a agredirse a sí misma con expresiones como: “¡ay, Yolanda!” (que para ella significaba: “¡no das una!”).21 En este sentido Marcela Lagarde (2015) explica que la base de las frustraciones permanentes que las mujeres sufren se debe a los papeles estereotipados y asignados culturalmente, los cuales no concuerdan con la realidad que ellas viven cotidianamente. Los problemas que surgen por ese desfase son percibidos de manera individual, como si ellas fueran culpables, lo que las lleva a autoviolentarse.22
Casas recuerda su infancia como una etapa idílica, un “paraíso” en la que se ve jugando con sus hermanas, en una casa grande, entre árboles; sin embargo, a pesar de los buenos momentos que en general experimentaba, había síntomas de un malestar que se expresó en la envidia que empezó a tenerle a su hermana Irene.23 En este sentido cabe hacer un paréntesis para plantear que el patriarcado genera una “una escisión en el género femenino como producto de una enemistad histórica entre las mujeres” (Lagarde, 2015, p. 95) que provoca competencia y envidia.24
En ese contexto la señora Lidia organizaba reuniones con sus amistades de la universidad en las que su hermana, María de la Luz, preparaba la comida; de toda su familia a la única sobrina que invitaba era a Irene. Yolanda recuerda mirarla desde la mirilla de la cocina y preguntarse: “¿y por qué mi hermana y los demás no?”, y por eso desarrolló un sentimiento reprimido de “dolor, mucha frustración y mucho coraje”, mismo que se encausó sobre su hermana mayor quien “me caía gordísima” y fue esa afectación que le hizo protestar, se empezó a hacer rebelde y formó una alianza con su hermana Eugenia, a quien defendía ante un trato que a Yolanda le parecía injusto.25
La traición del “Dios-Padre” y la rebelión en la familia
Yolanda Casas era muy apegada a su padre, y lo recuerda como a un “hombre débil”, quien cedía la autoridad a su esposa para tomar las decisiones en el hogar.26 Ella se sentía “súper orgullosa” de él, pues era jefe de producción en una estación de radio y lo admiraba como si fuera “su Dios”. Su padre no representaba para ella una figura represiva, machista o violenta; por el contrario, era un hombre idealista y romántico que a veces le escribía poemas, quien la hacía sentir especial, y con los años se dio cuenta de que “era yo la consentida de mi padre” (Casas, b, 2020).
Aunque Casas no percibe que hubiera machismo o discriminación de género en su hogar,27 la tía Lidia sí ejerció un control patriarcalista, pues aunque socialmente los opresores son en primer término los varones, también las instituciones como la Iglesia o el Estado ejercen dominio en las familias mediante la institución del matrimonio, las normas, las costumbres y las creencias que regulan las relaciones sociales como parte del contrato sexual,28 mismas que eran reproducidas mediante el estereotipo de mujer hegemónico que primaba en su familia,29 el cual era personificado por Lidia e Irene (la tía y la hermana mayor de Yolanda, respectivamente).30
Otro elemento que revela una existencia de estereotipos patriarcales en la familia de Casas es su figura paterna. Marcela Lagarde analiza las subjetividades que permean las relaciones de dominación de género, encontrando que existe una tendencia entre las féminas al endiosamiento de los varones, como parte de una herencia religiosa en la que el hombre tiene las características y atributos de una divinidad y, la mujer, la de los fieles.31 Con base en la mirada antropológica anterior, se puede entender por qué el progenitor sería uno de los pilares más importantes de Yolanda Casas, quien le daba seguridad, pues su amor le servía de ejemplo para lograr un hogar ideal, donde tuviera un esposo igual a su padre, para alcanzar tener su “familia feliz”.32 La subjetividad de Casas, así como de la cultura patriarcal de la que se nutrió, la dotó de un gran idealismo que la llevaba a proyectar sus esperanzas en la fantasía33 de reproducir una familia “feliz para toda la vida” igual a la que ella tuvo.34
Cuando ella cumplió los quince años llegó una coyuntura que la devastaría. Su adorado padre, a quien rememora como “su Dios humano”, andaba de “facilote” con una mujer de su trabajo y, tomándola por sorpresa, un día se enteró de que a su progenitor lo habían despedido del trabajo y que estaba borracho en una cantina queriéndose suicidar porque su amante lo había dejado.35 Desde entonces Casas quedó marcada por sentimientos de traición, coraje y frustración, entrando en una profunda crisis.36
Casas recuerda que no contaba con herramientas que le permitieran digerir o interpretar lo ocurrido, hecho que derivó en que su identidad se quebrara. La manera dogmática con la que asumía su realidad chocó con la crisis de su padre y la marcó para toda su vida, pues recuerda que se vino un derrumbe total de sus esperanzas, sus ilusiones y sus sueños al ver que su “su papá Dios” se quería suicidar y que había traicionado a su madre y a toda su familia con el adulterio. La joven, de apenas quince años, vivió el drama a flor de piel de la desintegración de su familia y “mi vida de color de rosa se convirtió en un hoyo negro dentado”.37
El empoderamiento de Yolanda Casas y la búsqueda del “cielo perdido”
En la educación católica que le inculcaron a Yolanda Casas las cosas eran “buenas o malas”, “era todo o nada”, por ello pensó que no había forma de que su padre enmendara su error, pues asumió que lo que había hecho era una “alta traición” y sintió que todo lo que le inculcaron “era mentira”. Aunque Casas no contaba con conceptos que le permitieran asimilar la experiencia que se salía del estereotipo de “familia feliz”38 con el que fue educada, en vez de reproducir la ideología patriarcal y culparse a sí misma, decidió ser transgresora, pues no solo abandonó su fe en su primogenitor, sino que también dejó de creer en Dios, pues a pesar de sus rezos nunca fue escuchada, y le pareció que siendo una “buena niña” no merecía que el “todo poderoso” la castigara.39 Por lo tanto dudó de su existencia, pero entró en una profunda crisis existencial, pues en algunos momentos sentía miedo y culpa de irse al infierno. Yolanda asumió la “traición de su padre” como una situación que la obligaba a rebelarse, y de esta manera inició su empoderamiento,40 pues de ser dócil y obediente se volvió respondona, más independiente y rebelde.41
Según ella, un sentimiento de “soberbia y coraje” le permitió sobreponerse y enfrentar la desolación que sentía, para dejar de ser la niña “miedosa, buena y dócil” y procurar ser una mujer atrevida y valiente. Aunque le sudó todo el cuerpo de miedo, salió sola de casa a los 16 años y decidió conseguir un empleo y ser más autónoma.42 Fue entonces que empezó a romper con los estereotipos de género, pues a pesar de que su madre se resistía a que sus hijas salieran del hogar y trabajaran, la traición de su padre la llevó en contra de las normas establecidas y así inició una larga historia personal de pequeñas y grandes rebeliones.
Hacia 1962, en la Ciudad de México, Irene y Eugenia, las hermanas de Yolanda Casas, quienes ya estaban casadas, siguieron sus estudios de preparatoria y vivieron un contexto de agitación política. En México la Revolución Cubana de 1959 influyó en el sector estudiantil, en el ala cardenista del Partido Revolucionario Institucional (PRI) (Pellicer, 2002, p. 363), en el Partido Comunista Mexicano (PCM), el Partido Obrero Campesino de México (POCM) y el Partido Popular (PP) (Alonso, 1972, p. 261 ). El 7 de junio de 1960, Lázaro Cárdenas, inconforme por la represión a los ferrocarrileros43 y el deterioro del régimen priista, declaró que México no estaba a salvo de una nueva revolución; además, criticó la existencia de los grandes monopolios y los consideró la causa de la inquietud social, lo que inició una agitación de la izquierda del PRI y del movimiento comunista mexicano que derivó en la creación del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) en 1962 (Moguel, 1989, p. 143 ).
En ese contexto, José Revueltas y otros militantes al ser expulsados del PCM en 1960, fundaron la Liga Leninista Espartaco. Poco tiempo después esta nueva organización se dividió y nuevamente Revueltas fue expulsado. Más tarde, en 1962, otras fracciones excluidas del PCM conformaron el Partido Comunista Bolchevique que cambiaría por el nombre de Liga Comunista Espartaco (Fernández 1978, pp. 55-87 ).
En 1963, las hermanas mayores de Yolanda Casas y sus respectivos esposos empezaron a militar en esta última organización.44 Por medio de ellas conoció a Arturo, un joven marxista al que llorando le confesó que ya no creía en Dios y que tenía miedo de un castigo divino. El muchacho soltó una carcajada y le prestó el manual de marxismo de Politzer (1978) y luego estuvo charlando con ella, explicándole que “estamos luchando por el amor, por la justicia, la libertad, la paz, la igualdad de todos los seres humanos”. Yolanda se identificó con esas palabras, pues había sido discriminada en su propia familia y le hacía sentido la lucha por la igualdad y en contra de las injusticias.45 Sintió euforia y se sonrojó de la emoción, luego pensó: “de aquí soy, esto quiero hacer con mi vida”.
Yolanda Casas a los 18 años consiguió un nuevo trabajo como secretaria en una empresa privada y comenzó a militar en el Partido Comunista Bolchevique.46 Ella escuchó el discurso de algunos de sus camaradas, quienes hablaban de “odiar a la burguesía”, pues para ser militante debía desarrollarse un “odio de clase”. Resulta interesante que Casas sintió que ella “estaba mal”, pues no podía odiar a los empresarios ni al presidente y, por temor a que se le criticara, optó por ocultar su sentir, pues en su partido la lucha marxista-leninista estaba pensada como una organización guiada por el pensamiento “científico y objetivo”, frente al cual sobraban sus sentimientos.
A pesar de que tenía que trabajar para sostenerse, fue una militante entregada que participó entusiastamente como brigadista, pues además de buscar un cambio revolucionario, inconsciente y subjetivamente sentía que su vida tendría como objetivo recobrar el “cielo perdido” que le había sido arrebatado con la separación de sus padres. Para ella la seguridad y calidez que le prodigaba el hogar serían sustituidas por la camaradería y las certezas revolucionarias de su organización espartaquista. La militancia de Yolanda Casas estuvo impregnada de un idealismo, que no estaba fundado solo en ideologías, sino en una necesidad de armonía, de amor, de perfeccionamiento del mundo, en el cual se albergaban muchas injusticias. El poema de su autoría titulado Cielo es revelador:
El cielo en su infinita extensión, azul, soleado y apacible, bajo el cual transcurría su aun naciente adolescencia. De pronto sin el menor asomo de tormenta, ese mismo cielo confiable, seguro y armonioso, se cubrió de terribles nubarrones de cuyas entrañas, así sin más, salían truenos ensordecedores de fuego y traición. Su hasta entonces apacible y sereno cielo, se transformó en un gran hoyo negro, tragándose en su espantosa oquedad desdentada, a su cielo estrellado que alumbraba sus sueños tranquilos por la noche. Mientras que de día el sol y la brisa matutina, la envolvían cobijando sus anhelos y esperanzas. A partir de entonces ella solo existe para recobrar su cielo azul, tranquilo y apacible, que tanta seguridad y calidez le prodigaba en su inocente iniciada adolescencia (Casas, 2018, p. 26).
Casas, después de un largo proceso de reflexión, concluyó que si bien participó en el movimiento espartaquista y se empapó de la ideología marxista-leninista, comulgó profundamente con las ideas comunistas, pero, sobre todo, con los ideales humanistas que de ellas se desprendían, y que, por lo tanto, dicho marxismo le dio un vehículo, un conducto “para yo llevar a cabo mi lucha personal”, que consistía en alcanzar el ideal de “amarnos todos, que el amor fuera realidad y no falsas promesas”.47
La maternidad y las tensiones de género entre militantes-hermanas
Hasta aquí hemos visto dos coordenadas importantes que configuraron la subjetividad de Casas: el sentimiento de injusticia y la rebeldía como reacción ante la traición, y el racismo y clasismo que sufrió en su hogar, pero cruzado por una coyuntura familiar que puso en crisis algunos valores morales que eran muy importantes como la fidelidad, la lealtad y el respeto.48
En Yolanda Casas el idealismo y la búsqueda de un mundo igualitario y lleno de amor eran las subjetividades que hacían que valiera la pena los peligros a los que se enfrentaba como militante comunista. Ella y otras mujeres del movimiento espartaquista hicieron propaganda política con los obreros ferrocarrileros. Casas explica que entró con un gran idealismo, con mucha inocencia, gozando eso que ella consideraba que quería hacer, porque le daba sentido a su vida, y por eso disfrutaba las madrugadas en que hacían propaganda en los camiones que transportaban a los obreros. Era una actividad muy peligrosa, pues los “charros” sindicales tenían una férrea vigilancia con guaruras armados quienes en algunas ocasiones les llegaron a dar una corretiza.
Yolanda Casas como parte de las bases de la LCE no recuerda que sufriera discriminación de género en su organización, pues nunca se sintió limitada en su quehacer político. Lourdes Quiñones, una militante del movimiento espartaquista que pertenecía a la Asociación Revolucionaria Espartaco (ARE), quien tuvo un trato directo con la dirección de su organización, reconoce que hasta ese momento ella pensaba que todos los hombres eran corruptos y machistas, sin embargo, cuando se acercó al movimiento descubrió que también “había hombres mejores”, que eran sensibles, que entendían las disparidades y no tenían prejuicios en contra de las mujeres. Se encontró con compañeros a los que recuerda como seres inteligentes, apreciables, respetables y queridos, pero, si bien había una voluntad de cambio en muchos de ellos, también “somos seres humanos” y “si le escarbas tantito sí tienen algo de machistas”. Ella se dio cuenta de que algunos varones aprovechaban los “privilegios” sociales que tenían y que a pesar de estar en una organización revolucionaria no estaban dispuestos a renunciar a ellos, pues les favorecían (Quiñones, 2020).
En sus primeros meses de militancia, Yolanda Casas conoció a un joven español llamado Manolo quien pertenecía a la LCE pero que pronto abandonó su militancia. Casas recuerda que su madre al ver al joven le dijo: “ese me gusta para ti”. Ella no lo había contemplado como un pretendiente, pero quizás aquel comentario de su primogenitora detonó un mandato de género tendiente a reproducir el matrimonio con un hombre que cumplía con el estereotipo masculino aceptable en su familia, pues después de ese comentario comenzó a interesarle y se hicieron novios.49 Aquel mandato de género estaba relacionado con la violencia sutil que había padecido desde niña, que la hacía pensar en el matrimonio como una manera de legitimarse, de proyectarse como una mujer “realizada”, quitarse la sombra del “fracaso” y desmarcarse de su hermana Irene.50 Ella recuerda que en esa relación nunca hubo amor, pero que se casaron porque para ejercer su sexualidad se sintieron obligados a cumplir con el mandato social del matrimonio. Poco después de que nació su primera hija, Manolo y Yolanda decidieron divorciarse.51
A pesar de las dificultades que la maternidad y el matrimonio representaron para Casas, su proceso la llevó a transgredir los roles de género, pues además de desmarcarse de la institución del matrimonio, ella se inclinó por seguir participando en la política, otro de los ámbitos de la vida pública que estaban vedados para las mujeres en la sociedad patriarcal del México de la década de 1960.52
Es importante apuntar que Casas recuerda su militancia como la etapa más feliz de su vida, pues en su organización vivió un proceso “que le enseñó muchísimo”. En este sentido, distingue que si bien en su participación como espartaquista sufrió la represión y tuvo sobresaltos por el hostigamiento policiaco, nada de eso la marcó ni la “traumó”. En cambio, su vida familiar es lo que le ha afectado más.53 Por lo tanto, la maternidad le representó la mayor de las transgresiones, pues como lo señala Marcela Lagarde (2019) en la sociedad mexicana “el espacio de la maternidad, de la madre, de la mujer, es la familia”. Por esta razón en la militancia de Yolanda Casas la maternidad significó enfrentarse a duros conflictos familiares, pues al ser transgresora de las normas de género (mujer divorciada, trabajadora, militante) se enfrentó a un enjuiciamiento social por no cumplir con los estereotipos y mandatos de género.54
En el proceso de ruptura marital, además de responsabilizarse del cuidado de su hija, tuvo que trabajar como secretaria, participar en su organización política y darse tiempo para ir a las marchas.55 En medio de las tensiones del divorcio, su exesposo pretendió quedarse con su hija y la secuestró. Ella, desesperada, buscó ayuda con un policía judicial que “hacía trabajitos”, quien le dijo: “te vamos a regresar a tu hija, pero le vamos a dar una calentada [a su exesposo]”. Ella se negó a que lo golpearan, pero el policía insistió en que él tenía unos amigos que se dedicaban a tramitar divorcios, convenciéndola de que fueran a verlos para “tomar un café”, sin embargo, fue una gran sorpresa para ella cuando el auto del judicial en vez de ir a una cafetería se paró en el estacionamiento de un hotel; ella, imaginando que se trataría de una violación, gritó desesperadamente y el hombre, al ver que otras personas presenciaban la escena, la dejó escapar del lugar. Casas sufrió una agresión que viene de un mandato de violación patriarcal, según el cual los hombres genéricamente usan la violencia sexual como castigo o disciplinamiento de aquellas mujeres que han transgredido el orden de género.56 A Casas lo que más le dolió no fue el divorcio ni el intento de violación del que fue víctima, sino que le pesaba perder a su hija, situando un problema de género importante, pues de acuerdo con la hegemonía patriarcal “la mujer debe ser madre”. Para ella perder a su hija significaba caer en el terrible estigma de la “mala madre” que a su vez significaba ser “mala mujer”.57 A continuación veremos cómo este estereotipo de mujer y de madre afectaría su militancia política y la de sus hermanas.
Casas compartía la militancia con su hermana Irene, pero había claras diferencias políticas entre ambas, que se remontaban a una violencia sutil en el seno familiar. Irene, al haber sido privilegiada en la familia, cumplía con el estereotipo familiar de una mujer blanca, estudiosa e inteligente que se inclinó por la formación teórica y el trabajo político e intelectual. Mientras que Yolanda, al haber sido menospreciada, se alejó de la escuela para reivindicarse como una mujer “práctica”.58 Yolanda veía a Irene como aburguesada, pedante y frecuentemente tenía discusiones con ella. Fue su propia historia familiar la que le llevó a tener desconfianza y rechazo hacia los “intelectuales”, pues explica que ella “siempre quiso ser de base”, y prefería el trabajo político práctico como brigadista, pues consideraba que el aprendizaje mayor estaba en las calles o fábricas, en el trato directo con la gente y con los obreros.
Para Yolanda Casas el distanciamiento con aquellos militantes que se decían “teóricos” también venía de la actitud divisionista de algunos líderes de su organización, pues en la LCE había fuertes pugnas político-ideológicas, existiendo una competencia entre algunos líderes (varones), cuestión que llevó a una cadena de purgas que terminaron disolviendo al espartaquismo (Moreno, 2020, p. 1125 ), al grado de que llegó a haber un caso de asesinato político al interior de la Liga Comunista Espartaco.59 Producto de dichas tensiones, entre 1967 y 1968, la LCE se dispersó.
Hacia 1968, Eugenia, Irene y Yolanda Casas se salieron de su organización, pero las dos primeras, que ya tenían varios hijos, decidieron dejar la militancia política y en cambio se dedicaron al hogar y al cuidado de sus hijos, y, poco a poco, estudiaron una carrera universitaria: la primera, en la Facultad de Filosofía y Letras; la segunda, en la Facultad de Economía de la UNAM. Yolanda Casas recuerda que sus hermanas abandonaron principalmente la militancia “por la familia” y empezaron a presionarla a ella para que dejara el movimiento, argumentándole que ya tenía una responsabilidad como madre. Ella tuvo conflicto con sus hermanas, pues decidió continuar con la lucha política,60 pues su realización personal no dependía de su papel como progenitora, sino que su identidad había cambiado, y se asumía como “luchadora”, como una sujeta política que pugnaba por una transformación social. La lucha revolucionaria significó para Casas la posibilidad de ser una mujer empoderada, y pudo dejar a un lado sus miedos para demostrarse a sí misma que podía ser autónoma y que “sí puedo”.61
Fue así que se incorporó de lleno al movimiento estudiantil, y aunque ella ya no estudiaba, se identificó con el comité de huelga del Instituto Politécnico Nacional (IPN) por su radicalismo, y se integró como brigadista de base.62 Ella iba “cargando con hija y pañaleras” y vivía en la casa de su hermana Irene y en otras temporadas con su hermana Eugenia, pero las tensiones con estas hizo que se mudara con su hermana menor, Marcela, quien también ya estaba casada y además decidió integrarse a un grupo espartaquista que lideraba Carlos Salcedo. Yolanda Casas, en ese contexto, se rehusaba a volver a militar con los espartaquistas y rechazaba las invitaciones de su hermana menor para que se reintegrara a su grupo, pues recuerda que se sentía desilusionada e intoxicada de la experiencia de divisiones políticas.
La masacre de 1968 y la decisión de integrarse a la guerrilla>
En los años sesenta y setenta del siglo XX en México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) controló los puestos de elección popular desde las alcaldías municipales, pasando por las gubernaturas, hasta los cargos federales en el Congreso de la Unión y el Poder Ejecutivo. El presidencialismo y el corporativismo se sustentaron en prácticas de control político como el “clientelismo”, el caciquismo regional y el “compadrazgo”, constituyéndose un gobierno autoritario, en el que “el señor presidente” era una figura mítica y omnipotente, pues personificaba el poder del Estado y decidía por “dedazo” quiénes serían los próximos gobernantes, así como a su sucesor.63
El monopolio de los hombres en el gobierno habla de una larga tradición en México, en la que han predominado los “mesías”, los caudillos y los caciques, dotando al poder del Estado de un contenido patriarcal,64 pues en las subjetividades que lo legitiman, se encuentra una serie de mandatos de género, según los cuales se hace necesario encomendar la dirección de la nación a los “hombres fuertes”.65
El Estado mexicano está regulado por un contrato social y sexual,66 que expresa aquello que Celia Amorós (1990, p. 11) llama pactos patriarcales serializados, los cuales están consensuados por corporaciones, instituciones y grupos juramentados67 -como la llamada “familia revolucionaria” del PRI- , que producen y reproducen una identidad masculina hegemónica.68 Cabe resaltar que el problema de género al interior del Estado no es un tema accesorio, sino que -como lo señala Joan W. Scott (2012) -, “la política construye al género y el género a la política” (p. 69).69 Por esta razón es importante estudiar la masculinidad hegemónica del Estado, pues como veremos más adelante, está en constante tensión y confrontación con grupos subalternos que pugnan por otras formas de “ser hombre” y “ser mujer”, que desafían el dominio del PRI al proponer relaciones más democráticas o igualitarias. Veremos este aspecto a continuación.
En 1968 los jóvenes y estudiantes del país y de muchas otras partes del mundo irrumpieron masivamente en el escenario público, formaron parte del movimiento de contracultura, protagonizaron la revolución sexual que acontecía a nivel internacional, cuestionaron el autoritarismo estatal y el imperialismo norteamericano. Muchas mujeres70 y hombres se agruparon en un robusto movimiento estudiantil que tenía reivindicaciones democráticas, pero la respuesta del Estado fue dar un castigo ejemplar a los jóvenes rebeldes, perpetrando uno de los crímenes más sanguinarios de la segunda mitad del siglo XX, en la que decenas de mujeres y hombres fueron emboscados y masacrados por el ejército y las policías políticas, el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.71
Yolanda Casas estaba en el centro del mitin cuando de repente percibió mucha tensión entre sus compañeros, luego vio una luz de bengala y los manifestantes comenzaron a recibir disparos de diversos flancos. Ella entró en shock, pero recuerda haber visto a una mujer con su bebé tratando de resguardarse de las balas con una delgada rama de un árbol, y quizás esta imagen le impactó porque ella misma estaba embarazada en ese momento. Casas, tirada en el suelo, vio de cerca cómo dos muchachos entraron en pánico y al tratar de correr fueron aniquilados. Al sentir que su muerte era inminente pensó en su hija Tania de cuatro años: “de repente te da un motivo de que hay alguien que te espera, que hay alguien que sí te quiere”, se sintió responsable de “ese ser pequeñito” y eso la hizo reaccionar para buscar una salida y fue así que se comunicó con un joven que estaba a su lado para pedirle que si la mataban fuera a su casa a avisarle a su familia. Yolanda y algunos jóvenes que estaban con ella tuvieron la fortuna de encontrarse con dos militares que se rehusaron a disparar en contra de la multitud y les ayudaron a escapar de la plaza.
Para Yolanda Casas quedó claro que las mujeres y hombres que se manifestaban y que fueron víctimas de la represión “eran tratados como enemigos del Estado”, cuando solo eran adolescentes que luchaban por demandas democráticas. Dicha masacre fue una respuesta contundente, cuya decisión provino directamente del presidente Gustavo Díaz Ordaz y del secretario de gobernación, Luis Echeverría Álvarez, con la complicidad de las más altas esferas del poder político.72 Casas agrega que dicha ignominia fue producto del miedo que sintió la burguesía mexicana por el supuesto peligro comunista que representaba el movimiento estudiantil. También reconoce que pesaron los intereses económicos y políticos que se jugaban en las olimpiadas en las que México era el anfitrión. En el nivel subjetivo Casas subraya: “yo siento que había mucha ignorancia y muchos complejos de quienes nos gobernaban, mucha inconsistencia, mucho miedo de que efectivamente nos fuéramos a tomar el cielo por asalto”. Para ella el entonces presidente Díaz Ordaz “estaba enojado y acomplejado porque era feo”, y en su afán de imponer su autoridad, que públicamente estaba siendo cuestionada por el movimiento estudiantil, decidió descargar la fuerza represiva en contra de jóvenes que como ella luchaban por demandas democráticas.73
En la narrativa de Díaz Ordaz se puede observar cómo el género es parte de las relaciones simbólicas del poder,74 pues el expresidente hizo una representación patriarcal de la investidura presidencial, enmarcada en los mandatos de la masculinidad hegemónica que dotan al presidente de una figura mítica como el “salvador de la patria”.75 Un mes antes de que se consumara la matanza de Tlatelolco, Díaz Ordaz (2021b) en su Cuarto informe de Gobierno dijo:
Se ha llegado al libertinaje en el uso de todos los medios de expresión y difusión; se ha disfrutado de amplísimas libertades y garantías para hacer manifestaciones [...] hemos sido tolerantes hasta excesos criticados; pero tiene su límite y no podemos permitir ya que siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico […] en México no hay ni debe haber más poder que el del pueblo. Defendamos como hombres todo lo que debemos defender: nuestras pertenencias, nuestros hogares, la integridad, la vida, la libertad y la honra de los nuestros y la propia.76
En su discurso hay una alusión a la virilidad que sitúa al presidente como el “gran hombre” -el más macho- que es el centro del poder del Estado y de toda la sociedad.77 Hay un llamado al “grupo juramentado” -la “familia revolucionaria” del PRI- que fundamenta su identidad política y genérica en torno a la masculinidad hegemónica, situando a los hombres con el deber y el privilegio de “defender” el orden público. Sin embargo, también incita para salvaguardar el orden en la esfera privada, en el ámbito familiar, en donde los varones debieran restituir su autoridad, “guardar la honra”, “su integridad” que conforma la base de pactos serializados que legitiman el uso de la violencia política en todos los niveles del gobierno.
A Yolanda Casas aquella violencia inaudita le generó un gran sentimiento de tristeza y coraje, después se convirtió en una convicción de rebelarse (de manera similar a cuando se reveló de sus padres y buscó un trabajo como secretaria),78 y fue a principios de 1969 que decidió participar en el grupo espartaquista que lideraba Carlos Salcedo, el cual se proponía construir una organización armada revolucionaria que fuera el brazo armado del Partido del Proletariado (organización que posteriormente se conocería como los Lacandones).79
Para Casas su ingreso a la guerrilla significó una continuación de una serie de rebeliones en niveles familiares y sociales asociados con la traición de los símbolos masculinos a nivel familiar y social (el padre y el presidente de la República). Primero se rebeló en contra de la familia y del padre, pero la experiencia de la masacre del 2 de octubre le hizo nuevamente reaccionar en contra de lo que consideró era una gran injusticia, cuestión que la llevó a decidirse por luchar a muerte en contra del Estado. Fue así como inició un nuevo proceso de empoderamiento como guerrillera.80
Para Yolanda Casas la guerrilla sería una “escuela” que le daría una nueva identidad, que le permitiría “salir a la vida”, pues se convirtió en sujeta política. Su militancia sería la de una mujer segura, decidida y dueña de su propio destino y una vez que entró a la guerrilla experimentó un nuevo proceso de empoderamiento.81
El estudio y contextualización histórica de la biografía de Yolanda Casas permite entender cómo en los movimientos sociales, así como en las organizaciones clandestinas armadas, la ideología no siempre es el elemento central que articula la militancia o la práctica política de sus integrantes. En este sentido se observó que en la LCE y en el movimiento estudiantil de 1968, los objetivos políticos democráticos o revolucionarios no son la única razón que define la participación política de sus militantes, sino que estos están articulados con las subjetividades sociales y con los mandatos de género.
Las relaciones de género son un elemento muy importante a estudiar en los procesos de rebelión o de insurrección política, pues las tensiones o disputas al interior de los movimientos sociales están articuladas a estereotipos que definen lo que es ser “mujer” y “hombre”. Estas tensiones políticas se manifestaron en la rivalidad entre militantes, que en el caso estudiado se trata de las hermanas-militantes (Yolanda e Irene), en la que se mezclaron problemas personales con discriminaciones raciales o clasistas. Las jerarquías que la estructura de genero impone impactan negativamente en los movimientos sociales, pues en niveles privados se contraponen los poderes personales con los ideales igualitarios o programas políticos democráticos.
La masacre de 1968 en Tlatelolco no puede ser explicada sin considerar el problema de la masculinidad hegemónica que encarna el presidente de la República. En este sentido apenas se abrió una brecha de análisis sobre el significado que tuvo esa fuerza excesiva y aparentemente irracional del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Como se adelanta aquí, dicha represión, además de las dimensiones política y económica que es importante estudiar, también tuvo una lógica de género, pues la violencia no solo responde a la desestabilización que pudiera haber causado el movimiento estudiantil a un régimen monolítico y autoritario, sino que se articulan también una serie de pactos patriarcales y grupos juramentados que legitimaron la violencia política como una forma de dar un castigo ejemplar, en la que los patriarcas moralizadores del Estado, simbólicamente, buscaron restaurar el pacto sexual. La decisión de levantarse en armas responde a una respuesta de muchas mujeres y hombres que veían en la igualdad una nueva forma para construir un México más democrático, pero les quedaba claro que el Estado mexicano y el PRI, con su estructura corporativa, clientelar y machista no permitiría por ningún medio que se flexibilizara el juego político.